Juan Julián Guervós Y mayores fallos calibre - 0.6.13

Pequeños golpes y mayores fallos

Vol. II: Y Mayores Fallos

JJ Merelo

Licencia

Esta obra tiene una licencia CC-BY-SA

Puedes copiarla, modificarla, o compartirla, siempre que menciones la autoría del original y conserves esta licencia.

A los lectores de Atalaya, a todos aquellos de los que aprendí algo, y a ti, lector o lectriz.

 

 

 

Prólogo

Durante muchos años he venido escribiendo relatos sin ton ni son y publicándolos donde buenamente se me ha ocurrido: en mi servidor web de la universidad, luego en Mi Barrapunto (un sistema de alojamiento de bitácoras perteneciente a Barrapunto, http://barrapunto.com) a veces en mi bitácora en Blogalia (http://atalaya.blogalia.com), otras veces simplemente donde ha encartado. Los motivos para escribirlos han sido de lo más diversos: participación en algún concurso literario (que, salvo en los casos de los de la Escuela de Informática, no he ganado), deberes de algún taller literario, o ejercicios en la tertulia “Vivero de Relatos”, en la que milité (pacíficamente) durante un tiempo.

Después del éxito (relativo) de lujoyglamour.net (primer premio de creación literaria Bubok, que os animo a leer y a seguir en http://lujoyglamour.es) tocaba, como en las bandas en la zona crepuscular de su carrera, hacer una recopilación de grandes éxitos, y esto es lo que me propongo hacer aquí: juntar con orden aproximadamente cronológico todo aquello con una extensión menor a la de una novela, seleccionando un poco para eliminar lo más infumable, y corrigiendo el resto, en caso necesario; eliminando los errores, pero manteniendo el estilo (o ausencia del mismo). Quizás caiga algún cuento más inédito, pero por lo pronto no me lo he planteado.

En cualquier caso, ahí les dejo con este  biggest (que no epic) fails, que espero que les entretenga. Y si te ha entretenido, posiblemente quieras tener una copia en papel o regalarlo: puedes comprarla en Bubok http://www.bubok.es/libro/detalles/170591/Y-Mayores-Fallos , y descargarlo en muchos formatos. Salvo en audiolibro. Pero siendo CC, puedes hacerlo tú mismo.  

Índice

Licencia 4

Prólogo 7

Necesitaba un cigarro 11

Un día en la vida de Nadie 23

Naranja completa 31

El misterio del desconocido desaparecido 37

Juegos 59

Humo 61

Muebles 65

Auspicios 69

Último asalto al Reino Mágico 75

Siempre mueren otros 91

La puta calle 99

Iconos 103

Dame candela 109

Ignorancias 121

Por qué llegar 125

Epílogo 127

 

Necesitaba un cigarro

 

Un recuerdo de esas noches toledanas víspera de exámenes, que intenta tener un tono de novela negra, con unos apuntes convertidos en McGuffin. Éste fue uno de los relatos que si fueron aceptados en una publicación, un sitio web llamado “Andalucía Comunidad Cultural”, y acabó no sé como en un sitio llamado “Cuentos Globales”: http://www.telefonica.net/web2/cuentosglobales/nov98/cigarro.htm  .

Este relato apareció originalmente en la dirección http://geneura.ugr.es/~jmerelo/relatos/necesitaba_un_cigarro.htm

Necesitaba un cigarro

Necesitaba un cigarro. No puedo estudiar sin el cigarro en la mano izquierda, así que salí a la calle. Un viajecito a la esquina, respirar un poco el aire, un paquete de Ducados, el cafelito recién hecho, un poquito de Tequila y Los Rodríguez en el CD, y ya puedo empaparme de seguridad informática toda la santa noche.

Lo tenía todo planeado. Ya me había estudiado los cortafuegos, el primer tema, me quedaban 10 o 12 más, pero para las nueve de la mañana, la hora del examen, lo tendría ya terminado. Estaba tirado. Además, los apuntes que me había fotocopiado esa mañana eran buenos, los del empollón de la clase. Joder, hasta había ido a tres o cuatro clases, sabía de qué iba el tema, y el profesor me conocía el careto.

Pero antes, el tabaco.

-Rudy, voy a por tabaco - le dije a mi compañero de piso. Se llama Rodolfo.

-¡Vale!. Oye, tráeme a mí también - y una mierda, pensé, que el tío luego no me lo pagaba. El tío este es más gorrón, joder, no me he podido fumar ni un puñetero paquete entero, y cuando te pide que le compress algo, luego te racanea cinco duros. Y nunca tenemos claro a donde van a parar los fondos que desaparecen de la caja común, aunque siempre aparecen luego yogures en su balda del frigorífico.

O sea, que fui a por tabaco. Para mi. Y por el camino me encontré al Andrés, un colega del pueblo. Joder, y que cómo te va, pues nada, aquí con un examen, y un marchón en la calle que no veas, pleno junio, y toda la peña subiendo para la feria, unos pedazo de tías, y nada, pinpán, pinpán, que nos tomamos unas cañas, un bocata, y acabo en mi casa a las diez y media. Bueno, tenía tiempo todavía. Con unos apuntes buenos, y el cafelito, y la cocacola cuando el cuerpo falle, un cigarrito al aire libre, y la seguridad informática es mía.

Y me salta el Rudy:

-Oye, tío, ha venido un colega a buscarte, el Curro ese.

-¿Y qué quería?

-Nosequé de unos apuntes de informática - no van a ser de odontología, cojones, que Informática es lo que estudio - Te ha estado esperando un rato, y luego se ha largado.

-Vale - no se acordó de su tabaco. Ni yo tampoco. En un rato, vendría a pedirme.

Y me fui para mi habitación. Que está habitualmente desordenada, con cosas por el suelo, la cama sin hacer, pelusas mutantes luchando por el control de las aristas convexas, y muchos papeles encima de la mesa. Pero, joder, saltaba a la vista que faltaban unos papeles. Los papeles. ¡Los apuntes de SI! Se los había llevado el jodío Curro. Y el examen manaña. Y las fotocopiadoras cerradas. Y al empollón, échale un galgo. Ni siquiera se donde vive. Ni nadie más de la clase, además son todos unos empollones de mierda, no tanto como el de los apuntes, el Federico, pero casi. Al único que conocía, al Curro, y me guinda los apuntes.

-Cagonlaputa, Rudy, para qué le dejas a nadie que coja nada de mi habitación, tío, los apuntes del examen de mañana.

-Y a mi que me cuentas, tío, yo que sé, tienes tantos papeles, además el Curro ese es tu colega, ¿no? Yo que sé, búscalo- sí, buscarlo. Para empezar, no sabía donde vivía, trabajaba en un bar, pero la única vez que estuve allí estaba borracho y apenas me acuerdo...

-¿Hace mucho que se ha ido?

-Ya no lo pillas - encima recochineo- ¿Oye, no tienes tabaco pa darme?

-Una hostia te voy a dar, tonto la polla.

-Coño, no te pongas así, tío, joder, ve a por él, me ha dicho que iba al bar o no sé qué.

Sí. Al bar. ¿A qué bar?

Tampoco era tan difícil. Era Pedro Antonio, eso lo recuerdo. Hay unos 100 bares en Pedro Antonio. Un algoritmo de búsqueda secuencial, empezando en la plaza Albert Einstein y terminando en Recogidas, te garantiza que lo vas a encontrar. Sería mejor ponerlos en árbol, o hacerles un podado alfa-beta, pero los bares no se prestan mucho a eso. Ni Curro. Bueno, todo eso si Curro no se mueve.

Un par de cigarros más tarde estaba en Pedro Antonio. Sólo era jueves. No se podía andar sin tropezar. Primero, porque había mucha gente. Segundo, porque se me iba la vista y no miraba donde pisaba. Gente celebrando sus exámenes. Gente celebrando la feria. Gente celebrando sus últimas clases. Gente celebrando. Una persona en un bar. Cuando hice el algoritmo no pensaba que me iba a costar tanto trabajo entrar a los bares. Ni salir.

Eran las once y media cuando di con el bar. Me sonaba la cara del camarero, los bancos de madera, el olor a vino de la costa. Además, sonaba "Like a rolling stone", como aquella vez.

-Oye, ¿aquí no trabaja un tal Curro? - le dije a gritos al camarero, que añadía un cuartillo de whisky nacional a un cubo de cerveza.

-Sí - me gritó.

-¿No está por aquí?

-No, vino, pero se largó, porque no había mucho negocio, y tenía que hacer un recao. Joder, y en un momento vino toa la peña...

-¿Pero vendrá luego?

-¿Y yo qué sé? Lo dudo, aunque si lo ves, dile que venga a echar un ratillo, que no vendría mal.

-¿Y no se ha dejado aquí algo? ¿O sabe donde anda? ¿O donde vive?- algo como unos apuntes de seguridad informática, por ejemplo.

-Si, soy el Espasa, no te jode... - me largué, viendo que no estaba el horno para bollos.

Vi a mis apuntes alejarse de mí, línea a línea, gráfico a gráfico, transparencia a transparencia, hoja a hoja. Otra para septiembre. Y eso que no era de las que me había dejado.  

Así que me dije, de perdidos, al río. Me voy a la biblioteca, a ver qué pillo, y si no pillo unos apuntes, igual ligo, porque me habían dicho que en las bibliotecas por la noche había un ambientazo que te cagas. Pero antes me tomé una caña. Perdidos al río, sí, pero de cerveza...

Cuando iba para la biblioteca, me encontré a David. Coleta. Camiseta sin mangas. Un pendiente en la oreja derecha. Y dos chavalas. Dos chavalas. Lo miré, le dije hola. El me miró, me dijo hola, las miró a ellas. Ellas no me miraron, pero yo las miré a ellas. Los pechos de ellas, debajo de sus tops, me miraron. Yo lo miré a él. El sonrió. Y el tío, encima, aprueba.

-¿Y el examen, qué? - le dije.

-Controlao. Sin problemas.

-Entonces, no necesitarás los apuntes, ¿no?

-Eres un cachondo, tú. Bueno, nos vemos.

-Sí - le dije - Oye, no habrás visto a Curro, ¿eh?.

-Sí, en el Caribe... - se despidió riéndose y echándole un brazo por encima a los hombros no muy cubiertos de la chica que le pillaba más a mano.

Pues el tío me deprimió. Me quitó las ganas hasta de ir a la biblioteca. Me tomé otra cerveza, en el bar que me pilló más a mano. Sonaba "Ultramemia", de Def Con Dos. No sé por qué, me lo tomé como algo personal. Así que me fui a desahogarme al cibercafé, a echarme un Doom, y cargarme cuantos demonios a gusto. Además, a estas horas, no están los empollones que te machacan nada más entrar al juego.

Las doce de la noche es una buena hora para matar demonios. Y otros jugadores del Doom, claro está. El enemigo está dormido. Tus sentidos, despiertos. Tu instinto asesino, a flor de piel. Después de suspender irremisiblemente un examen, 8 horas antes de hacerlo.

En el cibercafé, envuelto en una nube de humo, encontré los ordenadores donde se jugaba al Doom. Y en el centro de una nube de humo aún más densa, vi una cabellera larga, con otra melena un poco más corta al lado. Al acercarme un poco más, distinguí claramente el acné enmarcado por la cabellera. Y las gafas enmarcadas por la otra melena. Y la cara debajo de las gafas. ¡Curro!

-Di tus últimas palabras, porque te voy a matar, gilipoyas - le dije, sin mentir lo más mínimo.

-¡Gustavo! - dijo al notar el canto de mi derecha a escasos centímetros de su cuello, lo cual le llamó la atención mucho más que mi frase anterior - gracias por los apuntes, tío. Te los iba a llevar ahora, porque ya no los necesito.

-Hombre, muchas gracias y de nada... toda la puta noche buscándote.

-¿Y eso? ¿No leíste la nota que te dejé encima de tu mesa?.

-¿Nota?¿Mesa?¿Mi? - una nota en mi mesa tiene tantas probabilidades de ser encontrada como el resto de las cosas que hay encima de mi mesa. Como a Curro en Pedro Antonio, más o menos.

-To the parrot, tío, que esto ya casi está - dijo el otro de la cabellera, Pepe, que también estaba en mi clase. Curro se concentró también en la pantalla, dejando de prestarme atención en absoluto. A mí.

-Joder, Pepe, que me van a follar el examen por culpa de este gilipoyas - les dije.

-Coño, Curro, no te pases, además, para qué coño vas a estudiar, si te vamos a pasar el examen.

-¿Examen?¿Pasar?¿A Mi? - la salvación ante mis ojos. Una salvación no concreta, pero salvación, al fin y al cabo

-Sí, mira, nos estamos metiendo en el ordenador del profesor de SI, para chorizarle el examen - dijo Pepe - ya casi estamos - No pude evitar mirar el ordenador. Allí, efectivamente, en una ventana, aparecía en alguna línea el nombre del ordenador del profesor, Kerberos; en otra ventana de la pantalla, una página Web con los contenidos de la asignatura, en otra, muchas líneas con mucho "telnet", "password", "username" y cosas por el estilo. No lo entendí. Creo que todavía no había llegado a ese tema.

Otro cigarro, otra cerveza, miré. Y miré. Y me desperté cuando oí la impresora. En la esquina inferior derecha de la pantalla, unos dígitos marcaban las 7 y 10 de la mañana. Curro me pasó dos hojas impresas, con la tinta todavía húmeda.

-Ahí lo tienes, tío. Te has quedado sopa, ¿eh?. Hala, nos vemos en el examen.

A las nueve menos diez estaba en la puerta de la Escuela. Duchado, con un par de cafés encima, y con las respuestas memorizadas. El joío profesor, se le había ocurrido meter en el examen el IDEA, del cual no tenía ni puta ídem. Antes. En la puerta me encontré a la delegada.

-¿Qué, se te han olvidado los bolígrafos o algo? - le dije. Parecía muy tranquila.

-No, vengo de dejar la relación de exámenes anteriores de SI, para que le echéis un ojillo.

-De puta madre, pero será para el final, ¿no?

-No, para el parcial del jueves que viene.

-¿De SI?

-No, de no. Gustavo, tienes mala cara, ¿has pasado mala noche?

-¿Pero no era hoy, jueves, dieciseis?.

-Hoy es jueves, nueve. Gustavo, noc, noc, ¿hay alguien ahí? - creo que no...

Fui a coger los exámenes de otros años de la fotocopiadora. Uno de ellos me sonaba. Era el que tenía en mis manos.

En ese momento, sentí que necesitaba un cigarro. Y dormir.

 

Un día en la vida de Nadie

 

 Un relato basado como los demás en hechos reales, que refleja esos encuentros casuales que la rutina convierte en habituales, y como personas totalmente desconocidas entran, sin saberlo, a formar parte de nuestra vida. O, visto desde otro lado, como nuestras vidas son más transparentes de lo que pensamos para la gente que nos rodea.

Debe ser antiguo, porque una nota en el fichero me dice que se escribió originalmente en el ínclito WordPerfect. Posiblemente de mediados de los 90.

Este relato apareció originalmente en la dirección http://geneura.ugr.es/~jmerelo/relatos/DiaNadie.relato.html 

Un dia en la vida de Nadie

Calle del Pez, nº 15, 3º D, 7:25 de la mañana

-Ya está otra vez Aniceto, el del cuarto D, armando follón - dice él, dando una vuelta en la cama.

-Estos pisos están hechos de papel couché, te lo vengo diciendo siempre - dice ella, reprimiendo un bostezo.

 -Será de papel de fumar... Además, pasa del vecino, que todavía nos queda una horita de sueño, a aprovecharla - dijo él, sabiendo que, probabilísticamente, sólo lo conseguían un 65 por ciento de las mañanas.

Calle del Pez, nº 15, portal, 7:45 AM

-Buenos días, Aniceto- dijo el hombre con el raído mono azul, al vecino que se encontró en la puerta - mal tiempo hoy, ¿eh?

-Y que lo diga...por eso me he puesto la gorra, que el relente no es bueno para las neuronas - le contestan.

Calle del Pez, adyacente al nº 1, interior de un coche. 7:55 AM

-Mira, por ahí está pasando el hombre que vimos el otro día. Parece que lleva un frío de cojones, ¿eh? - dice el conductor.

-También lo vimos la semana pasada, ¿no? Pero entonces no llevaba la gorra de felpa esa - dice el copiloto.

-¿Tú que crees que será? - contesta el conductor - ¿No tienes curiosidad de saber cosas de la gente que te encuentras aleatoriamente en la calle?.

-Con esa gorra, cuñado, por lo menos. Espera... ¿qué acaban de decir en la radio? Joeves, cállate, que no me dejas oír los resultados del fútbol.

Delegación de Hacienda, 8:10 de la mañana

-Siempre el primero, ¿eh, don Aniceto? ¿Es que se ha quedado a dormir aquí? ¿O se ha ido de juerga? Porque vaya ojeras gasta...

Delegación de Hacienda, aseos, 10:20 AM

"Caray, qué peste. Se ve que alguien está evacuando, porque además se le oye esforzarse.. Qué esfuerzo, madre mía. Hay que ver que alguien decida cagar a la misma hora que yo meo todas las mañanas... pues voy a tener que cambiar de hábitos, porque esta peste no hay quien la aguante. ¿Quién será?"

Café Hoya de Baza, 10:30 AM, enfrente de la Delegación de Hacienda

-¿Qué va a ser, señores? Lo de siempre, ¿no? Dos manchadas, un solo, un colacao, 2 tostadas de aceite, una de tomate y otra de paté, ¿no? - dice el hombre tras la barra del café, a la vez que la limpia.

-Sí, pero la mía, con leche fría, ah, y me pasas el periódico.

-Sí, perdone, con leche fría, se me había olvidado. ¡Marchando una con leche fría para don Aniceto!.

-Bueno, como os iba diciendo -dice uno de los clientes- pues se ve que alguien jiña a estas horas, justo antes del desayuno...

-¿Y qué? - le interrumpe otro cliente - Para eso están los servicios, ¿no?

-Joer, Aniceto, no te piques...

Bar Cádiar, esquina de la delegación de Hacienda, 3:30 PM

-Mira ese hombre que está en esa mesa. ¿No te da pena, todos los días comiendo solo? ¿Y si un día lo invitamos a un café? - dice él.

-¡Pero si está tan agusto poniéndose morao! Déjalo, que si está solo, por algo será. A esa edad... - dice ella

-Además tiene mala cara. Parece que no ha dormido mucho. Fíjate qué ojeras - responde él, mirándolo ya con menos disimulo.

-A lo mejor es un crápula, y se acostó a las tantas. ¿Tú que sabes de la vida de la gente?.

-Sé lo que veo, y a mí ese hombre me da pena.

-Sí, como los tres perros, los dos gatos que tenemos en casa y a tu hermana, ¿no? No te irás también a traer a señores que te encuentras en bares, ¿no?.

Calle Pez, nº 18, 4º A, 8:15 PM

-Asómate a ver si está lloviendo - dice él

-No, no llueve, pero el de enfrente, el del cuarto piso, parece que está viendo la 2 en la tele. Cámbialo, a ver si es eso - dice ella.

-Luego, luego. Que ahora está en lo más interesante.

-Ayer estuvo el tío por lo menos hasta las tres de la mañana. Por lo menos, ví luz hasta esa hora. Y el del quinto yo diría que tiene canal plus. Porque no me suena lo que está viendo.

-Sí - dice él. O no. O puede. La verdad es que emite un sonido bastante ambiguo, pero eficaz.

-Hala, el muerdo que se están pegando en el portal de enfrente. Si hasta les oigo...

-Uf - dice él. O sí. O vaya.

Calle Pez, nº 15, 4º C 11:00 PM

-¿Te duchas ahora?

-No, porque a estas horas se ducha el vecino de al lado, y no sale demasiado caliente. Esto del agua caliente central...

-Pues a mí me pareció un buen invento cuando compramos el piso...

-Espera, que ya parece que ha acabado.

Calle Pez, nº 16, 3º A, 11:30 PM

-¿Qué estudias? - dice el muchacho con coleta, según entra en la habitación de su compañero

-Estudio los patrones binarios que forman las ventanas del piso de enfrente. Mira, ahora mismo están formando el número F en hexadecimal. No, espera, que ya se ha apagado la ventana de enmedio... entonces el D. Si le añadimos el número del piso, 4D, que en decimal ¡es justamente 77!

"Nunca más me buscaré de compañero de piso a un informático, lo juro por la gloria de mi madre" piensa el de la coleta.

-Bueno, ¿me dejas echarme un Doom?

-Vale - "Quizás no sea tan malo", piensa de nuevo.

 

Naranja completa

 

La sincronía entre las vidas de las personas es considerable por el hecho de que uno se suele mover entre personas de (aproximadamente) la misma edad y a la gente de la misma edad le suelen ocurrir las mismas cosas. Esta es la historia de esa fase de la vida en que de repente la gente encuentra pareja, y se van alienando progresivamente hasta que se convierten en completos desconocidos. Debe tener también cierta edad, porque el original también está en WordPerfect. Que sería de los escritores incipientes sin él.

Este relato apareció originalmente en la dirección http://geneura.ugr.es/~jmerelo/relatos/NaranjaCompleta.relato.html 

Naranja Completa

Nunca he podido imaginarme porqué los seres humanos nacemos incompletos, y tenemos que buscar pareja para sentirnos completos. Puede ser quizás algo biológico, pero en el caso del que voy a hablar va más allá de lo biológico para adentrarse en lo escatológico.

Paco era mi compañero de piso. Lo compartíamos desde hacía un par de años y ambos comenzáramos la carrera en Granada. Aunque no sea yo el más adecuado para juzgarlo, Paco era normal rayando en lo vulgar en todo lo que hacía: estudiaba, aunque no demasiado; salía de marcha, de vez en cuando y ligaba, como todos nosotros, entre muy poco y nada.

 Un día de la Cruz (que como saben incontables generaciones de estudiantes granadinos, es una fiesta más bien báquica en que se inician este tipo de cosas en Granada), conoció a María. Aunque las nieblas etílicas de ese día no me permitieron hacer una evaluación certera, me pareció una chica normal. No era lo suficientemente guapa como para ser despampanante, ni lo suficientemente llamativa como para ser provocativa, ni lo suficientemente fea como para suscitar muecas de repugnancia.

Al día siguiente, aproximadamente a las siete de la tarde, salieron del cuarto de Paco, con una sonrisa en los labios y en toda la cara en general que apenas ocultaba sus ojeras turbo dieciséis válvulas. Ese día María se fue de casa. Pero siguieron víéndose.

El sábado siguiente, habíamos quedado con unos colegas, para comprar unas litronas y unas palomitas, y ver el partido. Al principio del partido, lo vemos aparecer en la puerta de su cuarto, todo vestido como para una fiesta de fin de curso.

-¿Dónde vas, tío? - le pregunté, mientras una onda de codazos se iba propagando por todos los sofás y sillones.

-He quedao - su “hasta luego" se confundió con el ruido que hizo al cerrar la puerta, y con los murmullos de “está enchochao" de toda la concurrencia. Bueno, es normal, pensamos. Total, ya se había perdido antes uno o dos partidos en los últimos tres años, cuando estaba preparándose aquella asignatura para septiembre.

Pero en semanas siguientes, su actitud empezó a volverse cada vez más insoportable. A su cara de idiota chupando un jamargo debajo de un árbol, se sumó su tema de conversación. Nunca se había parecido a Chris por la mañana, el de Doctor en Alaska, que igual te habla de física cuántica que de béisbol: hablaba de exámenes, de fútbol, y de mujeres, con diversos matices, pero sólo de eso. Ahora hablaba de mujer. Punto. De María. También con diversos matices. Yo y María, María y yo, “María me ha dicho", “María hace". Un amigo nuestro, físico, calculó los intervalos medios entre dos pronunciaciones de la palabra María. Empezamos a hartarnos cuando bajaron de los 5 minutos. También insistió en haceruna estimación de cuánto hablaba cuando no lo veíamos, pero ahí ya nos plantamos nosotros).

Cuando sutilmente le mencionábamos este hecho, con frases del estilo “Ya está el tío dando la badila con María", no se lo tomó demasiado bien. Empezamos a verlo cada vez menos, y cuando lo veíamos, solía acompañarlo María.

Alguna vez comimos juntos. Y fue una experiencia extraña. Aparte de estar todo el rato oyendo “Churri, esto" “Churri, lo otro" (los dos eran Churri, Debe de ser un calificativo cariñoso asexual, que no asexuado), a veces se miraban y se reían. La comida se pareció un poco a una partida de mus, con gestos y movimientos imperceptibles para los demás, pero que parecían provocar una reacción en Churri (o sea, en cualquiera de ellos). Por ejemplo

-Oye, ¿te haz dado cuenta de que...? - un guiño, la mano puesta debajo de la barbilla - ¿no? - decía Churri-Maria.

-Puez, zi - risas - zi ez que erez maz gra - decía Churri-Paco. No era de Sevilla, era de Andújar. Pero había cambiado de acento. Y a la vez, se tocaba el lóbulo de la oreja.

Un día que la trajo a cenar se alcanzó un punto en que no entendíamos nada. Se comunicaban con monosílabos “Zi, ma, tu, ca", rictus en la cara, caricias en los mofletes. Paco ya no hablaba con nosotros.

Después de semanas así, Paco hizo un esfuerzo sobrehumano y en un par de frases nos dijo que dejaba nuestro piso para irse a vivir con María. No nos molestamos en disuadirle de lo contrario. Ultimamente se había convertido en una compañía no demasiado agradable. Al poco tiempo, por unos compañeros me enteré que había dejado también de asistir a clase.

En septiembre, al principio del curso siguiente, los ví una vez por Pedro Antonio. No me saludaron, pero me paré un momento a observarlos. Y me llamó la atención de que la gente hacía un arco alrededor de ellos, hasta el punto que abandonaban la acera por la que ellos pasaban, para volver a tomarla unos pasos más allá. Había como una esfera alrededor que incluso el multitudinario Pedro Antonio respetaba. Dentro de esa esfera, ellos se miraban, alzaban una ceja, emitían unas cuantas sílabas, subían una pierna, daban un taconazo en el suelo. Y supongo que se amaban.

¿Qué fue de ellos? Al cabo de los años, ella grabó un disco de música trance con el seudónimo de ChurriDJ. El hizo su primera exposición de arte deconstruccionista (o algo así) unos meses más tarde. Vi incluso una foto suya en Canal Sur. A veces también hacen happenings juntos.

¿Y yo? Pues todavía no sé si sentir pena o envidia por ellos.

El misterio del desconocido desaparecido

 

Éste fue uno de los relatos con los que obtuve un accésit en los premios de obras de ciencia ficción relacionadas con la informática de la (todavía) ETSII. Quizás fue el primero en el que empecé a experimentar con diferentes formatos: chats, correos electrónicos... de hecho, el relato se presentó dos veces: una vez en texto, y otra como página web multimedia con animaciones (hechas en JavaScript) y más dinamismo, creado por Miguel Antequera Cobo. Creo que lo presenté a la segunda edición, lo que lo situaría en 1999.

No gané, no. Lo que estuvo bien, porque me animó a volver a presentarme.

Este relato apareció originalmente en la dirección http://geneura.ugr.es/~jmerelo/relatos/desconocido-desaparecido.htm 

El misterio del desconocido desaparecido

Échele un vistazo a esto. Luego hablamos

Así decía el escueto mensaje que me llegó un domingo, a las 3 de la mañana, procedente de un tal Vagabundo. No teniendo nada mejor que hacer a esa hora salvo beber licor de melón y lastimarme la muñeca derecha con el ratón, seguí el enlace que el mensaje me ofrecía, y la posibilidad de curre que se adivinaba.

Lo que vi se podría describir como la inmaculada pared de un servicio público recién inaugurado, decorada por un artista de graffiti estreñido y con un cuelgue de ácido. Tenía casi tanto color, y mucho más mensaje. El mensaje era "Liberad a Jano". El water, la página web de Megasoft. El artista, Los que traen el infierno, los HellRaisers, un grupo de hackers y crackers con los que ya me había cruzado un par de veces.

¿Jano había desaparecido? ¿El Howard Hughes del software gratuito? ¿Y Megasoft era culpable? El caso parecía interesante, la posibilidad de ganar alguna pasta parecía muy interesante, y el que, como parecía, me lo encargaran a mí, aún más interesante. ¿Pero quién me lo encargaba a mí?

Un poco de licor de melón después, y un poco de búsqueda por las redes de noticias, me lo confirmó. Jano había desaparecido. Si es que había aparecido alguna vez: Nadie lo conocía personalmente, ni había hablado con él por teléfono; sólo se mostraba en áreas de charla y por correo electrónico. Así, dirigía una coalición dispersa geográficamente y psicológicamente que creaba y distribuía Janix, el sistema operativo de control doméstico gratuito más popular, casi tanto como su equivalente de pago HomeOS, hecho por Megasoft. Y ahí entraba el segundo protagonista del mensaje.

Un buen día, al parecer el martes pasado, Jano dejó de contestar a sus correos electrónicos. No apareció en varias citas en áreas de charla que tenía concertadas. Un par de días más, tarde, los correos que se le enviaban, llegaban rebotados con el mensaje "Servidor o usuario desconocido". O sea, que había desaparecido. Más que antes, al menos.

Mi ordenador dio un pequeño salto para indicar que me había llegado otro mensaje. Todos los ordenadores cantan, pero el mío salta. En la profesión hay que guardar una imagen, y además es bastante fácil programar la tostadora en Janix (el que yo, naturalmente, usaba) para que salte cuando llega un mensaje, y poner el ordenador encima. Ya me había cargado dos, pero bueno, son baratos y los meto en la cuenta de gastos de los clientes. Cuando los hay. Ahora parecía que lo había y me mandaba un mensaje.

Era una petición para que habláramos en un área de charla privada.

Vagabundo ¿Ha visto? Sabueso Haría falta estar dormido para no darse cuenta. O muerto. Que es como yo debería estar. Dormido, no muerto. ¿Y usted? Vagabundo No puedo permitirme ni lo uno ni lo otro. Sí puedo permitirme mantener a alguien despierto, especialmente si es un sabueso de poca monta como ustd. Sabueso Este alguien de poca monta cobra 100 euros al día, más gastos. Y están empezando a contar ahora.

Había activado el cronómetro de mi pulsera desde el ordenador. Lo del reloj era complicado, más que lo de la tostadora, porque la tostadora y el ordenador y Janix se entendían a través de las líneas eléctricas de la casa, pero lo del reloj era jodido. En realidad, todavía no sé como funciona: simplemente me traje un programa de la red, y lo uso.

Vagabundo Hagamos entonces que merezca la pena el gasto. Quiero que encuentre a Jano. Sabueso Podría hacerlo. También podría no hacerlo. Normalmente, el tener que comer todos los días es sólo una de las razones que me conduce a investigar un caso. La segunda es confiar en el cliente. La tercera es saber que no me voy a meter en líos. Si no tengo cuidado con las dos segundas, puede que no me tenga que preocupar de las dos primeras. Nunca más. ¿Me entiende? ;-)

Vagabundo Oiga, encontrar a un secuestrado es legal. La policía lo hace a veces.

Sabueso Usted dice que ha sido secuestrado. Primera noticia que tengo. ¿Qué más sabe que yo no sepa?

Vagabundo ¿Quiere eso decir que acepta el caso?

Sabueso Quiere decir que antes de involucrarme en un caso quiero saber donde me meto. ¿Además, qué interés tiene usted en que se le encuentre? Vagabundo Digamos que no confío en las fuerzas del orden tradicionales. Digamos además, que quizás quiera saber yo dónde se encuentra antes de que lo sepa otra gente. Y digamos también que tengo mucha pasta y no sé como gastármela.

Mientras hacía inventario mental de lo que podría irle metiendo en la cuenta de gastos, varios órganos de mi cuerpo, incluyendo algunas neuronas aisladas de mi cerebro, clamaban por que aceptara el caso.

Sabueso Digamos, entonces, que acepto el caso. Por el momento.

Vagabundo Le dejaré entonces toda la información que tengo sobre el tema. Ya la encontrará.

Fui al frigorífico a por otra botella de licor de melón, pero se me habían acabado. Mientras bajaba al 24 horas, reflexioné sobre lo que acababa de hacer. El aceptar el caso, no el beber licor de melón. Hacía siglos que había dejado de reflexionar sobre eso. Llegué a la conclusión de que lo estaba haciendo por el cochino dinero, es decir, aceptar el caso de alguien desconocido, y eso iba contra mi ética. Aunque iba a favor de poder seguir bebiendo licor de melón, pagándome el alquiler de mi cuarto, y la conexión a Internet. Perdió la ética. La ética está bien, pero cuando uno tiene el estómago lleno y puede mantener sin problemas el nivel de alcohol en sangre.

La mañana siguiente me despertó con el estruendo de los pájaros al amanecer. A veces odio el mundo real. Es tan... ruidoso. Y no se puede desconectar, ni bajar el volumen.

Me enfrenté al lunes con una taza de café corregida con un poco de licor de melón y enfrente de la pantalla del ordenador. Megasoft había restaurado su página principal, y estaba buscando a los culpables para ponerles un pleito, en el cual probablemente solicitarían la esclavitud de la familia completa hasta la segunda generación, fueran ascendientes o descendientes. Las acciones de Megasoft habían bajado, su presidente y vicepresidenta eran ahora unos cuantos cientos de millones de dólares más pobres. Se había iniciado una petición en Internet por la libertad de Jano.

Pero nadie había reivindicado el secuestro. Todo el mundo parecía suponer que lo habían secuestrado, inclusive mi cliente. Yo no podía tomar el secuestro como hipótesis de trabajo. En realidad, no podía tomar nada como hipótesis de trabajo. Me senté al ordenador, y abrí en pantalla mi Esquematizador2008 para Janix, algo imprescindible en el trabajo detectivesco. Lo usaba para saber dónde estaba, y dónde quería ir.

Pensé que la primera y última pregunta serían buenos puntos de partida. Y pensé también que LQTEI tendrían información sobre el tema, si es que alguien la tenía. Lo cual probablemente me costaría una pasta. La información tiene que ser libre y gratuita, dicen los hackers, pero estos hackers dicen también que el conocimiento cuesta una pasta; que me lo digan a mí, que también cobro por eso, aunque un poco más que ellos, porque para eso estoy un par de eslabones más arriba en la cadena alimentaria informacional. Los investigadores privados somos los tiranosaurios de la fauna jurásica informacional del siglo XXI. Eso no hay quien se lo crea, pero queda bien como slogan para una página Web. Que, por cierto, todavía no tengo. Lo que, por cierto, añade una pregunta más a alguno de los dos cuadros. ¿Cómo diablos se había enterado el menda de quién era yo, y de mi negocio? Probablemente de algún otro cliente satisfecho.

Evidentemente, era imposible encontrarse con LQTEI cara a cara (F2F). Pocos sabían quienes eran, y de dónde eran. A mí me importaba poco. La aldea global, y todo eso, ya saben. Desde mi cacho de la aldea global, al lado del Mediterráneo, podía hablar con cualquiera en cualquier otro cacho. De hecho, me pasaba horas hablando con todo el que se ponía a mi alcance. Pero lo estaba dejando. El intentar ponerme en contacto con LQTEI no me ayudaba; para ello tenía que tirarse uno horas, e incluso días, enganchado a las sala de charla que ellos frecuentaban, decir unas cuantas frases absurdas, y esperar que sus olfateadores de palabras clave las cogieran a tiempo y se quisieran poner en contacto contigo.

Las horas se hacían más llevaderas con la pantalla que me había mercado con el último curre que me había salido, pillar a un menda que se estaba haciendo con las claves de los ordenadores de Siemens. También con el licor de melón. Además, de vez en cuando se abría una ventanita en uno de los lados de la pantalla que me indicaba las últimas noticias sobre Jano, Megasoft, Janix. Que eran básicamente repetición de las penúltimas. En el frente Janix, había aparecido un menda que había escrito adaptadores para que Janix funcionara también en vehículos eléctricos. Me traía sin cuidado. No tenía coche. No cabía en mi apartamento de una sola habitación, y menos después de meter la pantalla. Tampoco sabía conducir. Bueno, intuía como se hacía, porque tenía algunos miles de horas de simuladores de conducción. Pero no sabía. En el mundo real, las cosas suelen ser más difíciles. Al menos eso he oído.

Pero no fue tan complicado contactar con LQTEI. Una vez que su ordenador y el mío se pusieron de acuerdo sobre el precio por byte, comenzamos a hablar en una sala de charla que ellos me indicaron.

LQTEI ¿Ke kieres? 

Sabueso Jano. Megasoft. ¿Qué sabéis?

LQTEI ¿Ke kieres saber? 

No iban a soltar prenda. Iban a hacerme sudar cada byte que me entregaran.

Sabueso Razones. Sitios. Gente.

LQTEI Los HDP de ms lo hicier0n.  

Sabueso ¿Qué hicieron, y porqué?

LQTEI Mandar Jan0 al infiern0. Era molest0. Les jod1a. Les hac1a ganar menos $.  Sabueso Sois muy caros para decirme lo que ya sé. Vuestra siguiente línea será la última, si no aumentáis mi entropía informacional. LQTEI Somos karos. Somos good. Ms es una p*ta m1erda. Nosotros entramos en sus ordenadores. Los hicimos nuestros. Nosotros lo hicimos. Te dir1amos 1 kosa sobre kien te paga esta conversación. Pero nos lo tendras ke pagar con algo + ke $. 

Sí, eran buenos. No me habían dicho nada hasta el momento, pero eran buenos. En ese momento, mi ordenador pegó un salto. Mensaje. No lo acepté. No sabía qué más estaban escuchando los mendas del infierno en ese momento, aparte de la conversación. Que, por cierto, no me estaba llevando a ningún lado. Una ventana apareció en la parte izquierda de la pantalla. Tantos mensajes por leer me estaban poniendo nervioso. No puedo pasarme mucho rato sin leer mensajes. También estoy dejando esto.

Sabueso Os pagaré cuando me digáis algo que no sepa.

LQTEI Pregunta a M1randa. Pregunta ke guarda en su kasa. Pregunta a Chuck. Pregunta a Dai. Y pregúntale a kien te paga, sabues0. Agur. 

El indicador de crédito de la pantalla indicó que mi cuenta había disminuido en 2327 euros. Eran caros. Supongo que buenos. Y supongo que hacían bueno aquello de que es más listo el que hace las preguntas que el que las responde. Y yo me preguntaba quién me estaba pagando, desde hace bastante rato. Qué guardaba Miranda, la vicepresidenta de Productos Avanzados de Megasoft, en su casa (y en cualquier otro sitio, para el caso). Y qué sabía Chuck Doors, el presidente. Y Dai, el jefe de seguridad. Bueno, eso era algo. Megasoft, si no lo había secuestrado, al menos parecía saber dónde se encontraba.

¿Todo eso era algo? Eso no era nada. Era una mierda. Como mi habitación. No podía dar un paso sin pegarle una patada a una botella vacía, o un plástico, o papeles que se suponía que tenía que clasificar para reciclar. Así que decidí dar un paseo. Pero no siempre hago caso a mis decisiones, así que decidí inspirarme un poco en Inca, el juego. Además, el tiempo de conexión se lo iba a pasar al cliente. Cuenta de gastos.

Estás en la puerta de una pirámide. Llevas una llave, un cuchillo, y un láser.

ENTRAR

Inca se desarrollaba en un mundo futuro donde los incas habían llegado a Europa, y la habían conquistado, y obligado a todo el mundo a escuchar a Atahualpa Yupanqui. O en el pasado. En realidad daba igual, era como todos los demás, solo que todo el mundo iba vestido con plumas y tenía las narices grandes.

Está oscuro.

Estaba todo negro. A veces, las explicaciones eran de Perogrullo. Disparé el láser. Algo iluminó. Vi, o crei que vi, una mujer, totalmente negra, de ébano, con un tanga formado por tres triángulos, blancos. Sus dientes, y la pequeña calavera que llevaba en un pequeño collar, en la frente, brillaban.

Ves una mujer. Totalmente negra.

Vale, joder. Con lo que cuesta... Le disparé, claro. De eso iba el juego. Dispara antes de que te disparen. Como en la vida real. Eso he oido, al menos.

No contaré que se rió, y rió, y se puso las manos en las caderas y eso, porque os puede sonar a mal tebeo de superhéroes. Lo que me dijo, quizás también.

"No te metas en nuestros asuntos y nosotros no nos meteremos en los tuyos"

El ordenador me echó del juego. Una mujer peligrosa. O un hombre. O quizás un can. En la Internet, nadie sabe que eres un perro. Pero todo el mundo parecía conocer a este sabueso.

Me tumbé en la cama. Ni siquiera me molesté en echar el licor en el vaso, bebí directamente de la botella, sorbo a sorbo. El ordenador saltó de encima de la tostadora. Más noticias de Megasoft: Chuck Doors había dimitido. En la rueda de prensa había dicho que los últimos tiempos le habían producido un ataque de ansiedad, que su familia lo necesitaba (era soltero, se referiría a su perro Chuckie), y que se responsabilizaba de la caida de las acciones de la empresa. Todo, menos lo que algunos esperábamos. No sé, el tío tenía "culpable" escrito en todas las partes visibles de su cuerpo. En el video que acompañaba al mensaje, Miranda sonreía a su lado. Dai se estaría ocupando de algún asunto de seguridad, porque no estaba en ningún sitio. Miranda Richardson, la vicepresidente, era ahora presidente, y anunció inmediatamente una nueva versión de HomeOS, HomeOS 2008. Sonrió un poco más, mientras la cámara enfocaba su cara, y Chuck, desenfocado, desaparecía confundiéndose con el fondo.

Me asomé un poco a la ventana. No se sabía si era de día o de noche. Llovía. Llovía mucho últimamente. Efecto invernadero, decían. Salí a la calle, a darme un paseo y pensar un poco. Los detectives somos algo más que sabuesos. Somos sabuesos que piensan. Aunque quizás eso sea en realidad algo menos que sabuesos. Quizás hay simplemente que seguir el olfato, y dejar de pensar.

Mi olfato me decía que, por lo pronto, mucha gente sabía lo que yo estaba haciendo. Al menos LQTEI y el avatar femenino del juego Inca. Y, por supuesto, quien me había contratado. El problema, es que en este mundo virtual, no podías estar seguro ni siquiera de que no se trataran de la misma persona.

Incluso con todas las dudas, tenía que ganarme el sueldo. No me llamaban Sabueso por nada. Instalé olfateadores en todas las rutas que se dirigían a mi ordenador, en todas las rutas que se dirigían a Megasoft, y tres o cuatro más en diversas encrucijadas de Internet. Los olfateadores vigilan el tráfico en la red, y me avisan de cualquier cosa que yo les programe. Palabras clave. Sitios de origen y destino. Quién está conectado. A veces, sus claves. Cualquiera podía usar olfateadores, eran gratuitos, como casi todo el software hoy en día, pero yo me había ganado al autor, un muchachote moldavo, Ilie, a base de probar todas las versiones que aparecían. Incluso había incluido modificaciones que yo necesitaba. Después de todo, ¿qué es un sabueso si no olfatea?

Con los olfateadores instalados, y los seguidores de noticias, me senté a beber licor de melón, con un poco de música de fondo. Traté de emborracharme. Emborracharse con licor de melón es casi tan difícil como hacerlo con cerveza americana. Pero yo tenía experiencia, y no me costó tanto trabajo.

Mi instinto, o quizás el dolor de cabeza, me despertó unas horas, o quizás días, más tarde. Creo que era jueves. O quizás viernes. El ordenador había caído de su pedestal, el tostador, o sea que había un mensaje. O varios. Me arrastré fuera de la cama hacia la esquina donde estaba el lavabo y la taza del wáter, a hacer lo que el cuerpo me pedía y tratar de despegar con agua la lengua del paladar. Pero no llegué, y no porque la ropa que había tirada por el suelo me lo impidiera, era porque había un tío delante.

Habitualmente, no hay tíos en mi habitación. Habitualmente, tampoco entran sin que me entere. Pero si sucede esto, es casi forzoso chocar con ellos. No hay sitio para mucho más. Por eso me sorprendí, más por lo segundo y lo primero que por lo tercero. Aunque dado lo que me había sucedido últimamente, tampoco me extrañaba mucho.

Era Dai Korsakoff. Jefe de seguridad de Megasoft. Antiguo Spetsnaz en la Unión Soviética. Sargento chusquero en Chechenia. Operaciones encubiertas en Kosovo. Y eso era sólo lo que aparecía en su página Web. Ya sabía porqué no estaba en la conferencia de prensa.

No me impresionaba. Me cargo tíos de estos todos los días. En Inca, aparecen en el primer nivel. Aunque creo que en el mundo real las cosas son diferentes, y además, no tengo mi sierra mecánica ni mi láser a mano.

-Si no se aparta, me mearé encima de usted - le dije.

-Si usted no se aparta del caso, no tendrá con qué mear -. Duro, el menda, como pensé. Además, lo parecía. Pelo rubio, casi blanco, largo. Pendiente en la oreja y en la aleta derecha de la nariz. Gafas oscuras, que de alguna forma, no ocultaban sus ojos grises, de color acero. Nariz afilada. Barbilla afilada. Preferí no pensar qué mas llevaba afilado encima. Sus hombros casi ocultaban la pared de mi cuarto en la que estaba la pantalla. Sin embargo, ¿para qué venía personalmente? Podía haber mandado a alguien del ejército de alguno de los países que pertenecían a Megasoft, Guatemala, por ejemplo.

-¿Estoy en un caso? Quizás me quiera explicar usted cuál-Por supuesto, no necesitó decirme quién era ni de dónde venía, aunque era la primera vez que me lo encontraba.

-Lo sabes muy bien. Tienes que encontrar a alguien. A nosotros nos interesa que siga desaparecido.- dijo, moviendo la mínima cantidad de músculosnecesaria.

-Tú eres un currante. Yo también. Tú haces lo que te manda quien te paga. Yo también. Fin de la historia.

-Por lo que veo, no parece que te paguen mucho.

-Me gusta vivir así. Además, tengo pocas necesidades. Además, por lo menos sé quién me paga. Creo que tú no puedes decir lo mismo.

-Bueno Chuck ha dimitido. ¿Y qué?- Dijo Dai, encogiéndose de hombros, lo cual aumentó visiblemente el espacio libre en la habitación.

-Y mucho. Por lo que he oído, Chuck te contrató. Chuck se ha ido. O lo han echado.- Era una suposición, pero lo dejé caer a ver qué pasaba.

-Megasoft me contrató. Megasoft tiene ahora una jefe diferente. Y Megasoft quiere que te quites de en medio. Igual que ha querido que Chuck se quite de en medio. O si no...- O sea, que Megasoft ha quitado a Chuck de en medio por alguna razón. Justo después de la desaparición de Jano. ¿Casualidad? Causalidad, más bien.

-O si no, me compraréis como habéis hecho con todo el mundo hasta ahora, ¿no? Y si eso no funciona, me haréis desaparecer como a Jano, ¿no?

-Las dos alternativas que mencionas son sólo dos de las posibles. Y no necesariamente las más agradables. O desagradables. En fin, lo dicho. Bye.- Dai cruzó a duras penas la puerta, intentando no marcar el paso. Yo pude ir por fin al cuarto de baño.

Los mensajes me seguían esperando en el ordenador. Rápidamente, tosté un CD con todo lo que tenía hasta ahora del caso, y lo que los olfateadores habían agarrado esta noche. El mensaje, resultado de rastrear las noticias, decía que Chuck había desaparecido. A los informes de los olfateadores les empecé a echar un vistazo, mientras saboreaba un vaso de leche y pedía por el ordenador un poco de comida indonesia para que me la trajeran a casa. Me gusta la comida indonesia. Es la que menos huele cuando se pudre. Por las especias, creo.

Los olfateadores me decían que, al menos, estaban lanzando ataques a mi ordenador para espiarlo desde cuatro fuentes. Una de ellas era desde ordenadores de Megasoft. Vale. Otra LQTEI. No es que fuera fácil identificarlas, al menos si ellos no querían. Tomaría esto como una muestra de buena voluntad. También me lo esperaba. Tuve que indagar un poco la tercera, pero al final descubrí que la dirección IP correspondía al parecer a la casa de Miranda. Esta sí era buena. Y quizás explicaba mi encontronazo con la sacerdotisa de Quetzalcoatl (o de quien fuera) en el juego Inca. La cuarta era más difícil de identificar. No provenía de un sitio de internet, sino de muchos sitios diferentes. E incluso cada uno de los sitios, parecía estar geográficamente en muchos lugares diferentes. A la vez. Un ataque desde un sitio internet en movimiento. Tratando de espiarme. Y como no me quedaban sospechosos, le asigné esto a mi contratador. De todas las hipótesis, escoge la más simple. El problema es que esto no era nada simple. Un miembro senior de LQTEI echaría unas buenas horas haciéndolo. Lo cual me decía también que mi contratador, si es que lo era, era un guru, quizás uno entre mil millones. Y eso, a su vez, me decía algo. Pero no tenía muy claro qué. Supuse que tendría que dormir sobre el tema para llegar algo. Pero antes tenía algo pendiente en casa de Miranda.

Habitualmente, los sistemas operativos caseros como Janix o HomeOS 2008 son bastante difíciles de penetrar. Janix es casi imposible. Miles de programadores en todo el mundo han intentado atacarlo, lo han conseguido, e inmediatamente han reparado el daño y producido una versión nueva, que todo el mundo ha instalado. Digamos que HomeOS también hace lo mismo, pero los tiempos son un orden de magnitud más lentos. Diez mil mentes en Megasoft piensan y ven mucho menos que mil millones de mentes usando Janix en sus propias casas. Miranda, por supuesto, había instalado Janix en su casa. Desde su ordenador controlaba todo, desde la cisterna del inodoro hasta el cepillo de dientes eléctrico. Cada uno de ellos, a su vez, podía o no estar conectado a la red global, y a su vez, tenían que identificarse y autentificarse el uno con el otro y con el ordenador central. Casa con muchas puertas mala es de guardar, dice un viejo proverbio castellano. Con suficiente paciencia, probando las puertas una por una, acabas encontrando una a la que no le han echado la cerradura. En este caso, fue un vibrador. Debía de haber empezado por ahí. Claro, nuestra amiga Miranda, en sus noches solitarias de ejecutiva, conectaba su vibrador al ordenador, y chingaba a distancia a través de Internet con alguien. O con algo. Me daba igual. Desde el vibrador (modelo Viagra 3000 Turbo con todas las opciones, según revelaba el firmware) me metí en su ordenador personal. Todos sus ficheros estaban ahí. Los 10 terabytes de datos. Enteritos. Miranda estaba psicológicamente más desnuda ante mí que la célebre sacerdotisa. Sacerdotisa cuyo perfil, por supuesto, no tardé en encontrar en el disco duro. Porque sabía que buscar. Pero el resto era un poco más complicado.

Encontrar algo, sin saber muy bien qué, entre miles de miles (vamos, millones) de kilobytes de información no es tarea fácil, y más si, como en este caso, los datos están encriptados. Empecé por desencriptarlos. Puse un anuncio en un grupo de discusión, pidiendo CPUs para un proyecto particular. La gente te las deja, así. Yo también lo hago. Después de todo, no se usa toda la capacidad del ordenador todo el tiempo. La mayor parte de la gente, al menos. Por eso, a finales del siglo XX se hizo popular pedir ordenadores, conectados a la Internet, para romper códigos. Hoy en día se hacía rutinariamente. En ciertos círculos. Pronto tuve 4500 ordenadores en tres continentes y un par de estaciones orbitales. Rompimos el código en dos horas. Ahora tenía millones de kilobytes desencriptados. Tuve que pasarlos por un programa de inteligencia computacional (un agente inteligente que había tardado años en entrenar), y sacó un par de cosas. Era un programa excelente. Un buen programa hubiera sacado varios miles, y tendría que habérselos pasado a otro buen programa para que las redujera.

Pero lo que sacó era oro puro. Correspondencia electrónica entre Miranda y Chuck. Correspondencia entre Miranda y Jano. Correspondencia dirigida a jano@janix.org pero que comenzaba diciendo "Hola, Chuck". Mensajes para chuckd@megasoft.com pero que le hablaban a Jano. Hasta el agente inteligente, que era un programa bastante estúpido, después de todo, hubiera averiguado que Jano era Chuck. Que Chuck había trabajado solo o en compañía de otros para hacerle competencia a su propia compañía. Miranda y Dai lo habían descubierto; después de todo, los dos espiaban a toda la compañía. Y le habían chantajeado: no solamente tenía que abandonar la compañía, sino dejar de ser Jano y no revelar nunca que lo había sido. Si alguna vez lo hacía, lo hundirían en la miseria y lo matarían, no necesariamente por ese orden. 

Eso quería decir, también, que había encontrado lo que mi cliente me había solicitado. Mi cliente itinerante, que me estaba espiando. Simplemente contacté con él mandando un mensaje a todas las direcciones internet que había usado para espiarme. Esperaba que apreciara que, después de todo, había contratado al mejor. Solicité a su ordenador una charla personal con él, y aceptó.

Vagabundo Ha tardado un par de días más de lo que esperaba, pero, en todo caso, gracias.

Sabueso No las merecen. Es mi trabajo. Se suponen que me pagan por ello.

El contador de euros de mi ordenador aumentó inmediatamente en unos cuantos miles. Tampoco esperaba menos de él. No solamente sabía captar sutiles indirectas, sino que además era rápido y eficiente.

Vagabundo Espero que permanezca callado al respecto de todo esto. Y a la vez, que hable mucho. Sabueso No se preocupe. La CNN y Wired sabrán inmediatamente quién es usted, de fuentes anónimas y generalmente bien informadas. Aunque, a esta altura, supongo que será inútil revelarlo, ¿no? Vagabundo Sí. En este momento, lo mejor es que las dos caras de Jano desaparezcan. Ahora mismo conduzco mi caravana Winnebago camino de Guatemala. Cuando Megasoft la compró, me reservé un buen trozo para mí personalmente. Será un buen sitio para empezar una nueva vida, esta vez como Vagabundo. Sabueso El mismo que está publicando programas para controlar coches usando Janix, ¿no? Vagabundo Sí, bueno, es un reto, ¿sabe? Diseñar un sistema operativo para una casa está bien, pero los cables eléctricos ya están ahí y además las casas están quietas. Un coche no se deja hacer tan fácilmente. Hay muchos chismes que controlar, no se puede usar teclado, y además está en movimiento. En ello estoy.

Así termina la historia, supongo. Unos meses más tarde, un programador guatemalteco, Zoilo Puertas comenzó a difundir un sistema operativo gratuito para controlar vehículos. Esa misma tarde, yo decidí salir a celebrarlo, a pulirme unos cuantos cientos de euros de los que me acababa de ganar. Salí a la calle. Era julio. El sol, ya bajo, me hizo parpadear unas cuantas veces. Volví a mi cuarto y estuve jugando a Inca varias horas seguidas.

Juegos

 

Otro ultrabreve, también salido del taller en mayo de 2002. Cambio total de género, pero se trataba de escribir a partir de una noticia aparecida en un periódico, un ejercicio creativo que da buenos frutos a menudo.

También apareció en Barrapunto: http://barrapunto.com/articles/02/05/10/0613246.shtml

Juegos

Ella, la loca, no paraba de proponerle juegos. Y él, con nueve años, que había echado los dientes y los músculos de los pulgares con una Nintendo, le seguía la corriente. En casa de la loca, ella le proponía: Mira, yo soy Darth Vader, y tú la princesa, y luchamos. El decía que no, que él no era una niña. Otra tarde, decía: "¿Vale que yo soy el príncipe y tú el dragón, y luchamos, y yo te mato?" Y el decía que no, que los dragones son muy feos y tienen mal aliento.

Ora tarde, ella le propuso: "Vale que yo soy Lara Croft, y tú un malo malísimo, y te persigo y te mato". Y él dijo: "Sí, vale, mola, yupi", pero de pronto se dio cuenta de que se le hacía demasiado tarde y se fue para su casa. Sin embargo, volvió a los 10 minutos, a buscar su mochila, que se le había olvidado

Ella le esperaba con un cuchillo en la mano.

Cuando el niño cayó ensangrentado en el rellano de la escalera, no estaba demasiado preocupado, porque pensaba que, con las dos vidas que le quedaban para acabar la partida, todavía podría igualar la puntuación máxima.

Humo

 

 Este es uno de los relatos que más me gustan, hasta el punto que fue uno de los que escogí para aparecer en alguna recopilación. Tiene tantas interpretaciones como las formas del propio humo, pero yo tenía una sola en mente cuando lo escribí. Lo que ocurre es que, como el humo, el recuerdo se desvaneció.

También apareció en Barrapunto: http://barrapunto.com/articles/02/05/17/068242.shtml.

 

Humo

Todos en la aldea esperábamos con ansiedad la llegada de los martes. Ese era el día en el que el mercader de Humo pasaba por la aldea.

Lo precedía la neblina, lo sobrevolaban nubes negras, tras él, unas briznas grises se iban desvaneciendo. Llegaba a la plaza del pueblo, y quitaba la lona que cubría su carro. Allí, botellas, botes, latas, se agrupaban cuidadosamente, en un arcoiris de matices del color gris. En esta botella, unas hebras de gris azulado; en aquel frasco, unas volutas de gris verdoso.

Toda su mercancía desaparecía en pocas horas. Yo, tras haber ahorrado durante varias semanas, me decidí por una botella esmerilada, donde se adivinaban aros de un color gris blanquecino.

Feliz, la llevé a casa. Mi mujer, mis cuatro hijos y mi suegra se juntaron alrededor mío, con los ojos brillantes con la ilusión de lo que traía a casa. Pusimos la botella en el centro de la mesa, enfrente de donde el hogar aventaba su humo por la chimenea, y la contemplamos durante largo rato. Hasta nos olvidamos de comer.

Cuando la luz del día desaparecía, decidimos abrirla. La destapé, y de ella salió una neblina, que se mantuvo durante unos instantes encima de la botella, y desapareció rápidamente por la chimenea. Todos nos miramos. Mi mujer suspiró. Yo comencé a pensar en cuánto tiempo tendría que ahorrar, cuántos sacrificios tendría que hacer, para comprar, dentro de unos cuantos martes, mi siguiente botella de humo.

Muebles

 

Otro relato simbólico como el anterior, que habla de algo totalmente diferente a lo que describen las palabras que lo componen. Se ve que estaba en esa fase. Que, al parecer, coincide con mi fase Barrapunto: http://barrapunto.com/articles/02/05/23/2029240.shtml

Muebles

Parecían tan adorables, allí, en el escaparate. Un escabel, con borlitas en las esquinas, perfecto para hacer descansar los pies. Aquel aparadorcito, para guardar zapatos, escarpines como los de Cenicienta. La camita, donde bebés sonrosados dormirían toda la noche, soñando con angelitos.

"Mueblería Gulliver", se llamaba. La gente esperaba en la puerta a que abriera por las mañanas; una mañana me tuve que quedar allí, en la cola, prendado de una mesita de café a la que el sol mañanero arrancaba destellos; me la imaginaba en medio del cuarto de estar de mi apartamento, con revistas que describieran paises exóticos encima, con pasteles que dejaran un grato sabor de boca.

Todos en la ciudad hablábamos de nuestras adquisiciones. Y yo volvía a casa todas las tardes, y lo primero que hacía era mirarla; luego hacía un té, o un café, algo para poner encima, y seguirla mirando.

Un día noté que casi no cabía entre el sillón y el borde de la mesa. Y yo no la había movido. Incluso me parecía recordar que antes me llegaba por debajo de las rodillas; ahora podía sentarme en el sillón, y el borde de mi mesita quedaba por encima de ellas.

Meses más tarde, era ya una mesa camilla. Le puse una faldilla, y una tarima, y un brasero. Ya no podía poner el té encima; pero hacía unos buenos pucheros de garbanzos, que tomaba arropado, mirando la tele.

Pero un día ya no me dejaba ni ver la tele. Tenía que hacer algo. Desatornillé las patas del tablero, y, bien temprano, fui a dejarlo todo en un descampado de las afueras; allí lo dejé amontonado, encima de un colchón del tamaño de una cancha de voleybol.

Volviendo a la ciudad, me encontré con un amigo, que, muy ufano, se había comprado meses antes un armarito zapatero en la misma tienda. Me conminó a que fuera con él a su casa. Pero no pudimos hacer nada para sacar al pobre armario. A martillazos, con las manos, lo hicimos astillas.

 

 

 

Auspicios

 

Este relato apareció originalmente en Barrapunto, y la versióna atalayera está corregida y poco aumentada con respecto a la original; también cambié el título, que era Augurios, por una sugerencia de una compañera de taller de escritura, el segundo al que asistí, impartido también por Miguel Ángel Cáliz.

Es también uno de mis relatos preferidos; le debe mucho a las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino, pero también al hecho de que desde las ventanas del primer taller se veían cientos de pájaros volando y alborotando sobre el Albayzín.

Esta versión es de enero de 2003, y apareció en http://atalaya.blogalia.com/historias/4968 . También apareció en Nuevos Cuentos del Alambre, una recopilación de cuentistas granadinos editada en el año 2005 por Ediciones Traspiés y a cargo de Miguel Ángel Cáliz.

Auspicios

En un lugar muy lejano, hace mucho, mucho tiempo, existió una ciudad, de nombre impronunciable, y por ello, llamada por algunos la Ciudad de las Torres, por unos pocos la Ciudad del Cielo Moteado y por casi todos la Ciudad de los Pájaros.

Los que la recuerdan cuentan que en ella habitaban incontablemente más pájaros que personas; pájaros de todo tamaño y plumaje, de especies conocidas, otras olvidadas, y otras que no nos es dado conocer. Como en el Mar de los Sargazos, lo primero que se veía de la ciudad eran las bandadas de aves que la sobrevolaban; también era lo último que se dejaba de oir. Y lo que nunca se olvidaba.

Había quien decía que las aves eran reflejo del alma de la ciudad, o quizá su alma misma. Cada vez que nacía un polluelo humano, el volátil que más se acercaba a la cama de la parturienta determinaba el camino que iba a tomar su vida. Si se trataba de una abubilla que picoteaba las bostas de las reses a la puerta de la casa, el niño sería basurero; si un pelícano anadeaba alrededor del paritorio, crecería para convertirse en un buen padre o una buena madre; si un águila imperial sobrevolaba la torre de la casa del pequeñuelo, toda la familia se congratulaba: el destino le reservaría las cúpulas más altas del poder.

Las plumas también acompañaban el vuelo del alma de los fallecidos al Más Allá: si se escuchaba un cuco después del suspiro postrero, el difunto había sido en su vida un usurpador; si una paloma blanca se posaba en el alféizar de la ventana de la casa mortuoria, persona de paz había sido, y no era posible mayor homenaje.

Arúspices y augures gozaban de la más alta consideración en en la ciudad, porque eran los únicos que sabían leer en las evoluciones de las aves en el cielo.

Cuentan que en esa ciudad vivió un personaje al que llamaban el Indiano, que tras haber hecho fortuna usando malas artes lejos de la ciudad, volvió a ella a pasar sus últimos años. Se estableció en una rica casa, de altas y esbeltas torres, disfrutaba de los placeres que su avanzada edad le permitían, y era honrado por sus conciudadanos.

Así fue feliz un tiempo; pero cuando vio acercarse la hora de su muerte, temió que una urraca, el pájaro ladrón, graznara en su velatorio. Decidió entonces acabar con todas las urracas. Habiendo sido respetado en vida, no quería que un pajarraco mancillara su memoria. Puso entonces trampas, las cazó con ballesta, entrenó azores para que las espantaran, pagó a rapazuelos por cada cadáver de urraca que le trajeron. Se sintió tranquilo y feliz cuando pasaron varias lunas sin que se viera ninguna urraca en la ciudad, y murió con una sonrisa en los labios.

Pero cuando el sacerdote posaba una mano sobre sus ojos para cerrarlos, toda la concurrencia fue atraida por un gran estrépito en la ventana de la estancia. Allí, entre una nube de plumas, dos pájaros se peleaban. Un loro, el pájaro mentiroso. Y un cuervo, el pájaro asesino.

 

Último asalto al Reino Mágico

 

Quizás con decir que éste relato fue mi represalia particular a la invasión de Iraq está todo dicho, pero lo cierto es que atrajo ciertos comentarios curiosos en http://atalaya.blogalia.com/historias/6180 que he tenido que borrar al realizar esta recopilación. Es el único relato que he traducido al inglés, también, y el único que tiene una segunda versión.

Último Asalto al Reino Mágico

-Vosotros no lo sabéis, porque no estuvísteis allí- Lefebvre comenzó a hablar, parándose para mirar a su alrededor. Ninguno de los parroquianos en la taberna marsellesa le devolvió la mirada, aunque algunos asintieron con la cabeza. -Pero yo sí, y sucedió como os lo estoy contando. Nos metieron en el infierno, un infierno que todavía me visita en mis pesadillas. Y os voy a contar como fue. - hizo una pequeña pausa - Las fuerzas enemigas se habían atrincherado en la Ciudad de las Estrellas, y mi batallón de infantería había sido asignado al allanamiento de la resistencia justamente al sur. Ciudad de las Estrellas. Quince millones de almas, y el doble de armas. Muchos sueños, la mayoría de ellos pesadillas. Y la primera industria del país, una industria que, debido al bloqueo, había perdido la mayor parte de su lustre anterior, pero seguía siendo la primera, y por tanto, su sede se convertía en un objetivo de primer orden. Pero antes de aplastar la ciudad con nuestros tanques, teníamos que resolver un asuntillo. Mi compañía, la 3ª del 2º batallón del tercer regimiento de la brigada de infantería aerotransportada de la 4ª división de las Naciones Unidas. Todos buenos muchachos y muchachas. No había tres del mismo país, pero no se peleaban entre ellos más de lo estrictamente necesario. Ya me habían acompañado en la toma de los pozos de petróleo de Texas, pero aquella misión nos la ventilamos con la gorra. Cuatro vaqueros viejos con botas relucientes, tratando de emular a Clint Eastwood disparando y montando a caballo a la vez. Mis francotiradores chinos acabaron con ellos sin despeinarse siquiera. Bueno, los chinos, en realidad, no se despeinaban nunca. No como los brasileños, cuyo estado normal era estar despeinados. Todos excelentes combatientes. No hubiera querido tener a otros a mi lado en lo que se nos avecinaba, aunque ninguno supiera decir “Capitán Lefebvre” correctamente. -"Assórdenes, capán Lefbvre", dijo alguien en la taberna, elevando un vaso de vino. Lefebvre no le hizo caso, y siguió. -Y os lo digo, parecía fácil cuando nos plantamos ante el Reino Mágico. Las torres del castillo relucían, inmaculadas, como si no las hubiera afectado el bombardeo previo. Lo cual era una puta mierda, porque seguro que significaba más peligro. Atravesamos el foso, y enfilamos Main Street USA, armas aprestadas, vigilando los techos; en ese momento, desde enfrente nuestro, salió de detrás del carrusel de la plaza que había al final de la calle Winnie the Pooh, avanzando hacia nosotros con los brazos abiertos, sonriendo con su cara de peluche y cartón piedra. Ocenasek, un checo, un muchachote de Bohemia al que todos queríamos y nadie entendía, se dirigió hacia él también con los brazos abiertos; Winnie the Pooh se le abrazó, explotando. Nosotros nos tiramos a cubierto, inmediatamente. La lluvia de pedazos de ambos tardó un rato en remitir. De Ocenasek lo más entero que encontramos fue una de las manos, la que había estado más lejos del cuerpo del puto osito. Eso marcó el comienzo del ataque. Nos atrincheramos a los lados de la calle, detrás de pedazos de cartón piedra, donde nos asediaron por oleadas de robots Pluto animatrónicos con ametralladoras en las bocas, dinosaurios, y astronautas. Según venían nos los íbamos cargando, pin, pan, pum... pero sufrimos no pocas bajas. Solicitando cobertura aérea, avanzamos metro a metro hacia la ciudad de Mickey, en el extremo superior de la colina, en la zona más alejada de la puerta por donde habíamos entrado. Os lo digo, fue un infierno, pero lo peor vino al final, los piratas del Caribe, gente con experiencia, con muy mala leche. Con patas de palo. Nos rodeaban por todos lados, personas, máquinas, animales. Más bajas, pero a los jodíos piratas le metimos las patas de palo por el culo. Cuando encontramos a Mickey Mouse dentro de su guarida, no esperamos que levantara las manos. Le metimos varias balas entre ceja y ceja, porque tenía un entrecejo de tamaño considerable y no queríamos que siguiera coleando con esa cola de rata suya. Todo había terminado. Yo fumaba un cigarro, contando las chapas de los muertos que habíamos dejado por el camino, y sin dejar de estar alerta, me dí cuenta de que todo el mundo me había abandonado, toda mi compañía. Comencé a andar entre los cadáveres, hasta que me los encontré a todos en la tienda, que había quedado intacta. Estaban acaparando muñequitos, pads de ordenador, y camisetas de “Disneyland, Anaheim, USA”. Disparé al aire para llamar su atención, tan entretenidos estaban con su botín. Algunos me miraron como diciendo “Es para los niños, jefe”. Les dí órdenes para que le prendieran fuego a la jodida tienda. Los necios no comprendían que así era como había comenzado todo.

 

 

La Buena Gente

 

Otro ejercicio de vivero de relatos, que a pesar de cómo acabamos, lo cierto es que nos permitió producir mucho, y no demasiado malo. No todo está en esta recopilación, por cierto. Este viene de http://atalaya.blogalia.com/historias/16830  

La buena gente

Los muy imbéciles, además, me han invitado a cañas. La tía vaca, que parece que se maquilla mirándose en una foto de Fofó.

-Qué guapa y bien arreglada está usted hoy, vecina-, le digo. Y el cretino de su marido le sonríe, si está hasta enamorado, el imbécil. Si la viera revolcarse con el oso del butanero, como la veo yo, casi todas las semanas - No le quite ojo, vecino, que cualquier día se la quitan-, les digo y me río, y ella se carcajea, y pone morritos, y se besan. - Ya quisieran muchos estar como ustedes, es lo que yo digo siempre-. Vacío la cerveza de un trago, y sonrío, dejando la mano sobre el vaso, a ver si los inútiles ponen a funcionar la neurona y se dan cuenta de que quiero más. -Otra, ¿no?-, me dice mi vecino. -No, no te molestes. -Venga, una para todos. Le digo que cómo se nota que le va bien, y se sonríe otra vez. Cómo le va a ir bien, si le dije que se hiciera jardinero al ver que tenía el jardín hecho una pocilga y va el tontolaba y monta un negocio de jardinería, que hace falta ser subnormal. En la misma ruina, y encima su mujer se pule lo poco que gana, si hasta le ha regalado un gorro de lana al butanero, joder. -Y bueno, también gracias a tu mujer, lo bien que administra la casa-, continúo. Pero veo de refilón un reloj en el bar, y me acuerdo que había quedado con su hija, para echarle un polvo. -Oye, no pidas la cerveza, que me acabo de acordar que he quedado con vuestra hija para ayudarle con las matemáticas. -Si, ve, ve. "Es tan buena gente", oigo que dicen mis vecinos cuando me voy. Claro que lo soy. Es lo más fácil.

 

 

Viaje lunar

 

Recuerdo que este cuento lo escribí en mi Moleskine en el hall de un hotel en Mérida. No sé por qué se me ocurrió, pero es del mismo estilo que Humo, o Muebles. Lo podéis comentar en http://atalaya.blogalia.com/historias/18064 .  

Viaje Lunar

Lo descubrí una mañana, justo encima de la ceja derecha: un lunar redondito y pizpireto. Conozco lo suficiente mis cejas y sus contornos para saber que antes no estaba allí. Pero, ignorante de los mecanismos íntimos de los lunares, no le di mayor importancia. Hasta que al día siguiente, lo vi enmedio de la sien. Y al otro, flamenqueando desde mi hoyuelo en la mejilla.

Luego, o emigró a alguna zona inaccesible a la vista o simplemente desapareció. No solo él, sino también los demás lunares: ese lunarcito, casi una peca, que tenía en el dorso de la mano; aquél irregular del mentón, justo debajo de la barbilla; y, palpándome la nalga, no percibí ninguna irregularidad donde antes había tenido otro. "Será algo que he comido" pensé.

Pero, según me iba a acostar, vi sobre una pared lo que inicialmente pensé que era una famila de arañas, pero que, al acercarme, identifiqué como una nube de lunares. Allí estaba aquel redondito y marrón café torrefacto que me apareció cierta mañana, el primero, y todos los demás detrás, moviéndose casi imperceptiblemente, todos en la misma dirección.

Eso fue ayer. Hoy ha aparecido en mi mejilla un lunar grande e irregular, como una cucaracha despachurrada, y del mismo color. Con los mismos pelos también.

Ahora espero al lunar color café. A ver si se lo lleva.

 

Adaptación

 

Otro relato procedente del taller, en la misma vena que Humo y Muebles. A estas alturas probablemente se averigua fácilmente por dónde va, y si no lo averiguáis, poco importa. Apareció en http://atalaya.blogalia.com/historias/18784  

 

Adaptación

Enseguida notó que no se portaba como siempre. Ayer mismo había recibido su trasero con mimo. Una simple sacudida, un meneito, y el acoplamiento había sido perfecto: los cojines soportando sus riñones, el brazo apoyado en el brazo. Una persona y un mueble alcanzando el zen del descanso.

Pero, al día siguiente, por más que lo intentaba, no había manera. Mullió los cojines. Los estiró. Los levantó, los volvió a colocar. En cada cambio se volvía a sentar, tratando de escalar esa cima del reposo que le eludía. Nada.

Cabreado, salió a la calle. El mejor momento del día se había perdido, ya sólo le quedaba buscar fuera de casa lo que no encontraba allí.

Un destartalado sofá de una discoteca lo acogió finalmente con agrado, lo engulló casi con sus gastadas telas. Allí pasó toda la noche, hasta que lo echaron.

Al día siguiente, llamó a un tapicero, que se llevó su sofá hogareño, entre revuelo de pelusas que habían habitado bajo el mismo. Todos los días, al volver a casa, miraba el vacío dejado. Se sentaba en una silla, apoyaba los brazos en el respaldo, y pensaba en cojines y en filosofía oriental.

El tapicero se lo trajo unos días más tarde, con un nuevo estampado y relleno de turgente gutapercha. Lo miró un buen rato antes de sentarse.

Cuando lo hizo, no es que no se sintiera rodeado. Es que se sintió pateado, escupido.

Desde entonces, pasa todas las noches en la discoteca, enterrado en aquél sobado sofá. El de su casa se lo regaló a unos primos estudiantes. De vez en cuando va a su piso y lo prueba, a ver si está en su punto.

Siempre mueren otros

 

Lo de buscar la voz de uno debe de ser cierto, además, parece como si uno fuera ensayando hasta que le sale la voz como a Darth Vader, pero también es cierto que si siempre escribe uno en el mismo estilo se alimenta la complacencia y la onfaloscopia, y se reduce mucho la gama de colores literarios con los que uno trabaja. Así que de vez en cuando se escriben historias totalmente diferentes; en este caso, inspiradas por un suceso de ese verano: dos ancianos murieron atropellados al cruzar la A92, más o menos a la altura que describo en el cuento. ¡Spoiler! ¡Spoiler! Estaréis gritando, pero así os planteáis el cuento de la misma forma que me lo planteé yo; conozco el final, pero ¿qué llevó a esas personas a hacerlo?

Apareció en Atalaya: http://atalaya.blogalia.com/historias/21040 , y también en la recopilación “Distancia Corta” del malhadado colectivo Vivero de Relatos.

Siempre mueren otros

-¿Sabes qué? - Le espetó Julián a Miguel, según entraba al asilo desde el jardín - Se ha muerto otro.

Miguel apenas esbozó una mueca de disgusto. Con cierta lentitud fue pelando la frase, quedándose con todas sus capas. Se había muerto otro más. En los asilos, los días de la semana, inclusive fiestas de guardar, se cuentan por muertes. Ayer Andrés, antes de ayer, Josefa, la de las Gabias, antes de antiyer, Tomás, el de Pinillos. Se moría tu compañero de dominó, o el que había discutido contigo sobre no sé qué torero, o la muchacha con la que habías intentado bailar el pasodoble aquella noche de fiesta.

Por eso, los asilos son un poco como los campamentos de la OJE, a los que Miguel había asistido en la posguerra. Conocías gente, pero todas las amistades tenían fecha de caducidad. Y cerca, como los yogures.

Quizás por eso también, como en los campamentos, eran más intensas. A los setenta u ochenta años, o noventa, los amigos eran los mejores amigos. Y los amores, los más intensos y apasionados. Miguel había conocido a Eugenia, y se iba a casar con ella. Pensaba en ello mientras se acercaba a su habitación. Eugenia no salía tanto como él. Nunca había sido de calle, pero después de una fractura de cadera, menos todavía. Se apañaba mal con las muletas y las muletas con ella. Los cojos siempre están de mala leche, por eso nadie quería sentarse a su lado en las excursiones en autobús, y por eso Miguel, que había llegado el último para montarse en el autobús en aquella excursión a Nerja, lo hizo. Allí había empezado a conocerla.

Los ancianos siempre tienen mucha vida que contar, y lo primero que hizo Eugenia fue contarle a Miguel la suya, intercalando maldiciones diversas al conductor, a las muletas, y a la virgen santísima.

Miguel la escuchó, e incluso le sonrió. Las sonrisas de Miguel eran, si no bonitas, al menos evidentes: los múltiples pliegues de una cara expuesta al sol, "de sol a sol", como solía decir él, se recolocaban de tal manera que le hacían merecedor del premio que le dieron en el asilo: "Señor sonrisas, edición senior". En la misma velada, Eugenia se había llevado el "Mala follá de oro".

Por eso nadie entendió que al final del viaje ya estuvieran tonteando, que es un verbo posiblemente inadecuado, dadas las circunstancias, pero era el que más se acercaba a las risitas, palmaditas, y apartes que protagonizaron.

Quizá fuera aquello de la media naranja, porque Eugenia era todo aquello que no era Miguel. Fue directora de escuela por oposición, muy leida; Miguel firmaba con una equis, aunque leía las nubes y el susurro del viento en los olivos como nadie. Miguel era religioso, de misa anual antes de jubilarse, porque el campo es muy esclavo, diaria cuando se jubiló, para compensar; Eugenia se cagaba en Dios y en Cristo y en la Virgen Santa cuando venía a cuento y cuando no, en todo caso con mucha más frecuencia de la que le resultaba deseable, o incluso soportable, a las monjitas del asilo, y había sido de Comisiones en la clandestinidad desde finales de los cincuenta.

O quizá fuera simplemente el amor, que no tardarían en consumar con cierta ayuda farmacéutica, mucha fuerza de voluntad y bastante cariño.

Eugenia recibió a Miguel en su habitación con un alegre "Cagondiós, que puto calor hace", lo que provocó una de las sonrisas de Miguel. A Miguel le gustaba cuando era tan ella. -Eugenia, que vengo pensando que, según nos vayamos casando, nos vamos a vivir a mi pueblo.

Eugenia maldijo algo, contradijo bastante, y argumentó lo que pudo, citando incluso a Herodoto, lo cual solía apabullar a Miguel bastante, que no conocía nada más raro que la historia del martirologio de San Juan Nepomuceno, y eso, de oidas. Pero no hubo forma de de que Miguel cambiara de opinión. Ni Eugenia quería que lo hiciera, lo que ocurría es que para ella la mejor forma de pasar las horas en el asilo era una buena discusión, y ya sólo Miguel se quería colocar en el otro extremo de sus "ergos" afilados.

Dejar el asilo para siempre por el propio pie (ayudado, si procedía, de andador o muletas), suele ser algo excepcional, por eso les hicieron una pequeña fiesta tras la boda (por lo civil, como no podía ser de otra forma). Eugenia recibió todos los parabienes rezongando, Miguel con su sonrisa. Nadie les echaría de menos. Los que se acordaran de su existencia al cabo de dos semanas, tendrían que poner todo su esfuerzo en seguir viviendo. En no ser de esos otros.

El viaje de novios fue breve y en autobús, de Moclín a Granada, un café con churros en la estación de autobuses, y otra alsina a Diezma. Posiblemente, las semanas que iban a pasar en Diezma fueran las más felices de sus vidas, porque tenían la felicidad de lo cotidiano, de lo que se hace sin pensar. Eugenia no maldecía tanto, y hasta se atrevía a andar sin muletas, cogida del brazo de Miguel. Incluso la cencerrada, una tradición local dedicada a los que contraían segundas nupcias, que les dedicaron, les pareció divertida, y bajaron una botella de Machaquito para compartirla con todo el mundo.

Hablaban de vez en cuando con sus amigos del asilo, hasta que un día, alguien le contó a Miguel que Julián había muerto. Se había muerto otro. Se lo contó a Eugenia, y juntos planificaron su última semana.

Irían un día a Guadix, al cine, otro a Salobreña, a la playa, otro a ver la Alhambra...

El último, cenarían fuera de casa, en el Manazas, y después, en la cumbre de su felicidad, pondrían fin a sus vidas, cruzando la autovía de noche, andando.

Miguel fue el primero en morir. Se lo llevó por delante un coche belga que iba a ciento cincuenta. Eugenia no maldijo, no por estar en paz con nadie, y menos con Dios, porque no le hacía falta, sino porque era lo que habían querido y elegido ellos mismos.

En los segundos que tardó en ser arrollada por un monovolumen, solo pensó en la felicidad que habían elegido, y en la muerte que también habían elegido, para que nadie decidiera por ellos cuando se convertirían en esos otros que morían siempre.

 

 

La puta calle

 

Creo que esta historia también salió en la tertulia, en un ejercicio, pero no sé cuál. ¿Hacer un relato a partir de una frase hecha? ¿Una historia de amor? A saber... el resultado me gustó, tanto que fue el que leí en la presentación de “Nuevos Cuentos del Alambre”, en vez de la historia incluída en el mismo, con el cabreo consiguiente (y posiblemente justificado) de Miguel Ángel Cáliz.

¿De dónde salió la inspiración? Creo que en esa época estaban haciendo obras en mi calle, así que tenías que andar por ella como quien anda por la playa, tratando de evitar las toallas, niños tirados por el suelo y medusas patas arriba. Por cierto, que en Doom Patrol aparece también un personaje llamado “Danny la Calle”, que es, efectivamente, una calle.

La tenéis en http://atalaya.blogalia.com/historias/28468

La puta calle

Me has decepcionado, calle. He vuelto para ver si habías cambiado, pero sigues igual. Sigues horadada por sucios operarios, adornada con luces de colores como una cualquiera, sucia y descuidada...

Antes no era así, ¿te acuerdas? Me mimabas, me acogías, me caía y sentía tu calidez y tu consuelo. Esa farola, que nunca se encendía, sólo se iluminaba cuando yo pasaba. Y ahí estaba tu sonrisa. Mi dicha.

Tuve que irme aquél día que te abrieron en canal unas excavadoras del color de la vergüenza, no por no vete sufrir, sino por no verte disfrutar.

Calles lejanas me acogieron, y durante todo el tiempo sobé y desgasté ese trozo de plano que mostraba tus curvas, que eran mis curvas, y tu nombre, C/ Linotipista Braulio Camprubí... y vuelvo para verte así.

Necesitas a alguien que te proteja. ¿Me dejarás ser tu chulo?

 

Iconos

 

Se trata, una vez más, de un ejercicio: partir de un párrafo de Ítalo Calvino que habla de cangrejos y de dibujos, y crear a partir de ahí tu propio cuento. Tratándose de una temática común, es interesante como cada cuál en un grupo arrima el ascua a su sardina: hay quien lo hace romántico, hay quien lo hace truculento, y quien, como yo, que tira a lo informático. Lo que no se ve por ningún lado, hasta que cotejas el título y el final.

Lo publiqué en Atalaya: http://atalaya.blogalia.com/historias/34412 

 

Iconos

El emperador soñaba un sueño. En el sueño, Confucio, sabio entre los sabios, con mano diestra, aplicaba el pincel al papel de arroz y dibujaba una grulla. Pacientemente, esperaba hasta que el dibujo impregnara las fibras y solo entonces, tocaba con su dedo índice los delicados trazos de las alas de la grulla. Al instante, todas las grullas del mundo acudían a su retiro, y le rendían pleitesía.

El emperador se despertó, llamó a un sirviente y le pidió papel, tinta y pincel. Y dibujó una grulla. Sus concubinas y los sirvientes de palacio alabaron su destreza y ese día todos se deleitaron con un gran pastel de miel y sorgo en forma de cabeza de grulla.

Ahíto, el emperador, tras yacer con la más bella de sus concubinas, soñó. Y en el sueño, Confucio, benevolente entre los benevolentes, dibujaba una carpa, la tocaba, y el lugar de su retiro era un río y todas las carpas del mundo estaban allí, al alcance de su mano.

Al tercer día, tras yacer con la más hábil entre sus concubinas, el emperador soñó un sueño. En el sueño, Confucio dibujaba un mono.

Al cuarto día, tras yacer con la más inteligente de sus concubinas, el emperador soñó. Pero en el sueño, Confucio yacía inerte, perdido el color, en la tierra. Los cangrejos devoraban minuciosamente su piel y sus miembros.

El emperador despertó sobresaltado y le contó este sueño y todos los demás a su concubina Jun, que todavía yacía a su lado. Jun habló mientras el emperador contemplaba arrobado su pie derecho: -No me atrevería a repetir lo que vos mismo ya sabéis: que las grullas son heraldos del mundo espiritual, las carpas son la perseverancia y el mono es lo que de animal hay en nosotros. El cangrejo es el poder. Dibujar es controlar. Confucio dibuja y controla. Pero nadie dibuja el cangrejo, así que el cangrejo acaba controlando y matando a Confucio. El emperador decidió encargar al mejor ilustrador e su corte que aplicara su arte al dibujo de un cangrejo, el más perfecto que nunca se hubiera dibujado. El ilustrador, como había esperado, pidió tiempo, sirvientes y dinero, pero la paciencia era un don imperial y la generosidad su virtud, así que todo le fue concedido.

Sin embargo, cuando volvió a palacio le sorprendió una gran conmoción. Los sirvientes se postraban en su presencia, sin atreverse a mirarle a la cara. Sus hijos varones lloraban y sus ayas trataban de aliviar su desconsuelo. Los guardianes de sus favoritas yacían muertos en el suelo, sus cabezas separadas de su torso. El capitán de la guardia, sangre en su afilado sable, se lo entregó al emperador y pidió de su clemencia que hiciera lo mismo con él. -¿Porqué? - preguntó, desorientado, el emperador -Porque somos indignos de ti. Una plaga de cangrejos ha entrado, inadvertida, en el palacio, devorando la lengua de Jun, sabia entre las sabias, el rostro de Bo, bella entre las bellas, y las manos de Cong, habilidosa entre las habilidosas.

El emperador cayó fulminado y se postró en su lecho, sin que nadie, ni sus hijos, ni sus consejeros, ni sus concubinas, pudieran elevar su ánimo.

Pasaron cinco años y soñó con Confucio. Confucio, pincel en mano, dibujaba a un hombre. Y ese hombre tenía los rasgos del mejor pintor de la corte. El emperador despertó y gritó a sus sirvientes para que aprestaran el palanquín y se dispusieran a ir a visitarlo.

El pintor le enseñó una grulla, una carpa, un mono, perfectos hasta en sus imperfecciones, la garrapata en el plumaje, los mechones descoloridos en el pelaje del mono. Le habló de sus desgracias, de las traiciones de los servidores que el emperador le había proporcionado, de sus cinco hijas, de las plagas que habían descendido sobre sus cosechas, cochinillas, langostas. De cómo los cangrejos habían devorado su plantación de algas, en la feraz costa de Hunan.

Esos fueron los únicos cangrejos que aparecieron en esa visita. El artista pidió más tiempo, más dinero, más sirvientes. El emperador, cuya generosidad y paciencia estaban poniéndose a prueba, se los concedió.

Al volver al palacio, el emperador se volvió a encerrar en sus aposentos. En los cinco años siguientes, mientras la miseria y los enemigos externos descendían sobre el Imperio del Medio, el emperador vegetaba, apenas atento a lo que sucedía en su entorno. Un día soñó. En su sueño, el artista pintaba un cangrejo, y Confucio miraba y sonreía.

Despertó, y fue por su propio pie a la casa del artista, que parecía consumido como una pavesa; éste despertó de su sopor al ver al emperador, tomó un pincel, y se puso a dibujar. De su mano izquierda salió el cangrejo más perfecto que la mente humana pudiera concebir.

El artista y el emperador compartieron el té y esperaron pacientemente a que la pintura se secara. Entonces y sólo entonces, el emperador tocó con su dedo índice el cangrejo. Y todo cambió.

Dame candela

 

Este es posiblemente uno de los últimos relatos más o menos convencionales que he escrito. Aunque el aspecto no es demasiado lineal, la estructura sí lo es. Lo hice para enviarlo a un concurso, en el que no me comí un jurel.

Curiosamente, no está en Atalaya, sino en Google Docs http://docs.google.com/Doc?id=dcz8gh3t_34gw7zw6fz una gran idea si quieres escribir relatos en colaboración. 

Quizás alguien reconozca en los nombres de los personajes los de una narración tradicional china, por la que me interesé en esa época no recuerdo bien porqué.

Dame candela

1

-El sexo es electricidad - dijo Jin. Sus dedos de uñas exiguas acariciaban la nuca de Walt mientras sonreía con la mitad de su cara. Con su mejor mitad.

Walt aprovechaba ese breve contacto para usar los chips de Jin. Qué cortafuegos tan simple, pensó. Debajo de la piel de Jin los paquetes de información lanzados por Walt iban y venían, buscaban, exploraban. Walt miraba el breve escote de Jin, y sus propios chips, ayudados por los de la propia Jin, calculaban su grado de perfección, exploraban posibilidades, creaban fantasías en las que Walt se zambullía en ese escote. Infinitos mundos sintéticos se proyectaban sobre las lentes de su córnea, y Walt le devolvía la media sonrisa a Jin. -La electricidad es electricidad. El sexo es sexo. Hablando de sexo... - Walt veía esos mismos paquetes de información transportando electricidad desde el cuerpo de Jin al suyo propio, ese Donut consumido en el desayuno, metabolizado y convertido en fuerza, en candela para que funcionaran todos los implantes dentro del cuerpo de Walt, que ahora fluían al cuerpo de Jin, un flujo que también aparecía proyectado en esa lente. Hoy Walt tenía hambre. Hambre de muchas cosas, de calcular, de computar, de electricidad, de sexo. Jin sabía muy bien, y Walt alargó la lengua hacia ella.

Ping buceaba en la red, con la red, tratando de estimar lo que de Walt podía ser vendible, cuánto podrían vender, cuánto podría costar, cuánto podrían quedarse ellas. Una vez concretado el producto, venderlo no fue difícil.

 

Pero Jin le puso el dedo en los labios; chispas invisibles los unieron, traspasaron el éter y acabaron convertidos en un mensaje de "Caída de capacidad de cálculo" en los ojos de Walt; sus ojos se convirtieron en las dos ranuras horizontales de una ávida máquina tragaperras. -A esta red entre pares le falta un nodo. Espera.

2

Jin y Ping, en realidad, no se parecían en nada. Sólo proyectaban imágenes similares. Y esta era sólo una de las mentiras que las rodeaban. En esos días, era fácil constuirse y reconstruirse. La realidad física era ineludible, pero fácilmente escondible bajo capas de imagen virtual. Y la imagen virtual pertenecía a cada uno, o no pertenecía a nadie.

Así se conocieron, en realidad, Jin y Ping. Las églogas contarían que fue en un fumadero de opio en Shangai, y, para todo el mundo, fue así. Les gustaba imaginarlas consumiéndose con los ojos entornados, aisladas de cualquier mundo, hasta que un puente se tendió entre ellas, y se convirtieron en una sola Entidad Físicamente Fragmentada. Se registraron como tal en las islas Vírgenes, y desembocaron en una vida de exploracioneos y descubrimientos.

Todo era mentira, claro, y es la labor de un narrador omnisciente descubrirlo. Ping era una urraca callejera de veinte y pocos años físicos que alquilaba sus chips y lo que les rodeaba por unas cuantas unidades de energía, y cuando le faltaban salía a buscarla. La buscó en el sitio equivocado, sin embargo: Jin pasó a su lado en un Starbucks en Londres, y sintiendo la energía que emanaba se lanzó a por ella, atacando los cortafuegos de Lin con todo lo que tenía, una guerrera ninja de túnica carmesí convirtiendo en rodajas las defensas de Jin. Jin tenía más años y más energía disponible, claro, y sus chips eran lo mejor que se podía comprar bajo los puentes de Portobello Road. Dejó a Ping entrar, y enfrentó a la ninja carmesí una colegiala japonesa de grandes ojos, mirada de sorpresa y rodillas juntas. Colegiala que, en poco tiempo, había desarmado y desnudado a la ninja carmesí. Sus avatares hicieron el amor durante infinitos latidos de corazones cibernéticos, y sus cuerpos lo hicieron poco después.

Mira las flores una se ha marchitado Pero, aunque las flores se marchitan, el año siguiente serán bellas de nuevo lo que no se puede decir de estas lindas muchachas

Las habilidades de Ping encajaron con el ansia infinita de energía de Jin y sus implantes cibernéticos. Nunca se registraron como Entidad Físicamente Fragmentada en las islas Vírgenes, aunque ese mito les gustaba especialmente. Pidieron su clave pública en un cibercafé, no lejos del Starbucks de Nottingham Court Road donde se habían conocido.

3

A Walt no le impresionaban los tríos físicos, pero en todo caso usó todos los chips propios y ajenos que pudo encontrar para trazar varios cursos de acción posibles. Sin embargo, existe un problema en las redes entre iguales. En una red amo-esclavo, alguien manda, alguien obedece. En redes entre iguales, nadie manda. Ni siquiera cuando cree que manda. Cuando Walt dominaba, en realidad estaba siendo dominado. Cuando escalaba, en realidad estaba bajando. Y cuando llegó a esa laxitud plena de satisfacción, en realidad su energía se escapaba por todos los poros de la piel. En dirección a Jin y Ping. Que tenían su propia relación entre iguales, en ese preciso instante. Delante y detrás de él.

Mira las flores una se ha marchitado

El último aliento de Walt sirvió para procesar las imágenes de un avión sin piloto que fotografiaba los campos de lirios de Abu Dhabi. Afortunadamente, los paquetes de información salieron de su cuerpo antes.

4

-Joder, otro yonki.

A Wu le había tocado ese día, ese preciso día, el rol de policía. Porque nadie tenía trabajo ya. Asumían roles un día, dos días. Un mes. Lo que hiciera falta. Varios a la vez. Después del fiambre, le tocaba, breve consulta a la agenda, si, ahí estaba en la esquina inferior izquierda de su campo visual, programar sistemas de tránsito. Un poco más arriba, varios iconos le avisaban de que estaba recibiendo información de la forense. Que también hablaba. -Bueno, ya sabes. Se enganchan con una tarea, necesitan más energía, pero están tan flipados con lo que sea que estén haciendo, observando el ala de una mariposa, viendo temporadas completas de una serie en segundos, que gastan toda su energía. A mi me ha pasado más de una vez. Casi.

-¿Muerte accidental, entonces?

 

 

Muerte accidental

X

 

5

El sacerdote y el narrador pueden robar la cartera sólo con la lengua Proverbio japonés tradicional

 

-Tú eres una friki - dijo Shi, mientras tatuajes animados de color azul cerámica se perseguían por su frente y sus mejillas.

Mei suspiró. Shi pensó que era una friki encantadora. Mei pensó que él era un encanto, pero más bien tirando a zoquete, pero lo intentó una vez más. Gesticuló con la mano, y un mapa de la ciudad apareció en el aire, delante de ambos. Sobre el mapa aparecían círculos que se dispersaban, espirales que se perseguían, olas que se encrespaban y se amansaban. Nadie cabalgaba sobre ellas, salvo quizás Mei. Shi tenía el espíritu, el físico y el cerebro de un surfista, y sus chips sólo servían para alterar su apariencia de la forma más banal posible, así que Shi creyó que era lo más adecuado para que entendiera lo que estaba haciendo. -Cuando tus chips calculan algo, emiten radiaciones. Como olas, pero no se ven - dijo Shi -Olas. ¿Hay orilla? - dijo Shi, mientras rememoraba en una parte de su campo visual cabalgadas pasadas. -No, no hay orilla. Solo olas. -Solo olas. -Bueno, sí hay orilla. Las olas llegan a otros chips, que me lo acaban enviando a mi, así sé cuántos chips hay, y cuánto están calculando, en cada momento y en cada punto de la ciudad -Como los chismes que nos dicen si va a haber buen surf o no. -Como esos. Pero yo lo que quiero saber es la concentración de chips y cómo se usan, y como cambia, en diferentes puntos de la ciudad. -Y escribir algo. -Una tesis. -¿Como un libro? ¿Lo publicas y te pagan? - Shi consultó cuánto podía ganar un escritor de libros. -No, es investigación, bueno, más o menos... - Mei bajó los brazos. Suspiró otra vez y cruzó las manos en el regazo, mientras Shi aguzaba la vista -O sea, esta ola, que está en... Eso es la Lotus Tower, ¿no? -Si, muchas oficinas, mucha gente... - su voz se fue apagando, según comprobaba unos cuantos datos de la proyección. Lo que estaba proyectando correspondía a las tres de la mañana. Mucha gente durmiendo, poca actividad computacional. Lo volvió a repetir; burbujas aparecían y estallaban en los abrevaderos de moda, pero la Lotus Tower estaba bastante lejos de ellos, era una zona residencial, con algún robot, poca gente, poco cálculo, poca candela. Alguna muerte. Una muerte, justo a las tres de la mañana, estaba en múltiples formas en la red, etiquetada, metaetiquetada, computerizada, con imágenes, multimedia. Un tal Walt. Un yonki. Mucho cálculo, una muerte. Hay gente que no sabe cuándo dejarlo. Mei volvió a suspirar. Shi era uno de esos; parecía estar entreteniéndose con alguna imagen que le suministraban sus propios chips; Mei le lanzó otra de ella misma, una que sabía que él no podría resistir.

6

 

 

Ver a Jin y Ping era un extraño placer; maestra y alumna en acción, aprendiendo, enseñando. La opinión, sin embargo, estaba dividida en cuanto a quién enseñaba y quién aprendía. Salvo que el que miraba, el que estaba fuera de la entidad, nunca llegaría a aprender nada de ellas. Impredecibles, la única constante en su vida era el ansia de viajar. Ansia, viajar, deseo, vagar. Cuando el deseo aumentaba, dejaban de viajar, se establecían cerca de un abrevadero local buscaban una presa atacaban/amaban y seguían.

Ver a Mei era un extraño placer. Rara vez salía de su laboratorio, y cuando lo hacía, la mole de Shi la solía abarcar de tal forma que era casi imposible vislumbrarla. A veces se la veía, sola ante el peligro, en los congresos, explicando algún aspecto de su tesis que constituyera una unidad mínima publicable. Como ahora. -Como pueden observar, hay una correlación del 95% entre la energía computacional libre y las defunciones en un área determinada - señaló un gráfico sobre la pantalla blanca. Los viejos hábitos desaparecen muy lentamente - ¿Sí? ¿Alguna pregunta? El publico, escaso en el tercer día de congreso (los viejos hábitos desaparecen muy lentamente), no dijo nada. Alguno miró el reloj. Las tripas de alguno comenzaron a hablarle, pidiendo justicia.

 

7

La labor del narrador omnisciente no es fácil. Sería bonito decir que, un buen día, Wu se encontró a Mei, y comentaron, sobre unas copas de bebidas energéticas, sus respectivos roles. En ese momento se encenderían sendas bombillitas (literalmente, no era difícil de hacer y siempre quedaba bien proyectar en tu compañero iconitos de significado universal), y empezarían a analizar megabytes, terabytes de información, cogidos de la mano, y usando a Shi, que siempre tenía capacidad computacional sobrante, hasta que encontrarían quién, precisamente quién, había estado cerca de las zonas donde había habido muertes asociadas a exceso de capacidad computacional.

Pero mi deber como narrador omnisciente es informarles que Jin y Ping siguieron viviendo su vida, y la de otros, durante muchos, muchos años, y que en realidad, nunca nadie les encontró y si lo hizo, acabó siendo parte de una noticia generalmente ignorada al día siguiente.

Ignorancias

 

El tiempo de reflexión que te permite un viaje, y el tener elementos de escritura a mano, permite que se le ocurran a uno cosas como ésta. Está basada, como casi todo, en hechos reales: realmente vi a alguien vomitando vómito (qué si no) de color rojo en los lavabos de la T4.

Creo recordar que también lo escribí para un concurso (¿algo relacionado con los viajes? ¿Trenes de cercanías? ¿El del Ideal?) que tampoco gané, así que lo fui dejando en Atalaya: http://atalaya.blogalia.com/historias/58477  

Ignorancias

Un solo vómito no suele ser grave, si no eres tú el que vomita. O si no eres tú el que ves a Kevin Bacon vomitando. O si el vómito no es de color rojo. Bueno, rojo sangre de toro.

Si alguien con bermudas y mochila vomita un rojo frambuesa a las ocho de la mañana en el aeropuerto de Barajas y no eres tú, se puede decir que estás a salvo. Generalmente, los viajes físicos son un asunto entretenido y vacío de todo tipo de azar. Subes, bajas, te mueves, te emborrachas, conoces a un antenista turcochipriota, no te lo crees, subes, bajas, subes. Lo único que se pone en relieve, en realidad, es tu propia ignorancia.

Porque en cuanto te bajas del avión te conviertes en un ignorante con tarjeta de embarque primorosamente impresa (con la ausencia del color rojo) y sin líquidos que podrían poner en peligro la supervivencia de una buena cantidad de compañeros ignorantes. Porque, para empezar, ignoras donde están los servicios, donde estás tú mismo (salvo alguna idea general de que estás en un lugar llamado "la T4" que es del tamaño del término municipal de Lorca). Más adelante, ignorarás el origen del olor procedente de quien se ha sentado a tu lado en el metro.

20 preguntas: ¿Animal, vegetal o mineral? Siendo que no es vaca ni queso ni 95 octanos: vegetal. ¿Comestible o inconsútil? Comestible. Evidentemente ignoras la pregunta número 18 (descendente), que conducirá probablemente a una marca comercializada en grandes almacenes o en tenderete oriental con esquina fija y por tanto de toda confianza.

Y quizás, lo que es más importante, ignoras cuál es la cantidad de orujos que puedes tomar antes de que esas voces en tu cabeza empiecen a ser indistinguibles de la tuya propia -Próxima estación: Esperanza -Perdona, ¿decías? - preguntan unos ojos verdes rodeados de un halo olfatorio de algo que podía ser, pero no es, almizcle de ornitorrinco mezclado a partes iguales con estambres de clavellina fucsia y rododendro viudo con posibles. -No, que si hay que pagar suplemento para la T4, o, por el contrario, te premian al llegar con un corrector de ojeras siempre que te bajes del metro con una amplia sonrisa. Te premian con una sonrisa en ese caso. Lo que implica que tendrías que pagar suplemento, aunque para no hacerlo, te escudarías en la ignorancia, que es atrevida. Y generalizada en el viajero.

Por qué llegar

 

 Un microrrelato destinado a un concurso ferroviario. ¿Adivináis? A mi me gusta, sin embargo, y refleja que muchas veces la emoción está en el viaje en sí, en compartir la intimidad con una serie de personas, en ser parte de sus conversaciones, sus comidas, su sueño por un rato. 

Está en http://atalaya.blogalia.com/historias/57402

Por qué llegar

Por qué llegar. No quiero hacerlo. Cuando el viaje acabe, el capítulo de este libro se quedará sin leer, no sabré si esa chica de enfrente consigue que su amiga de al lado salga, si el señor con ojeras logra vencer el sueño, si el sueño que ya venció a la chica extranjera logra, además, exponer ese trozo de piel que quedó el fin de semana pasado justo debajo del bikini, si mi compañera de asiento logra finalmente vender su mueble de Ikea ya montado a quien llama por teléfono. Si la canción de los Ramones termina antes que la batería.

 

Epílogo

Con esto llegamos al fin de este segundo tomo de la bilogía “Pequeños Golpes y Mayores Fallos”. Espero que lo hayan disfrutado. Si así lo han hecho, siempre pueden comprarlos yendo a la dirección publicada, o bien en Bubok.

Por cierto, que este libro está acompañado del primer tomo: Pequeños Golpes, que también puedes adquirir en Bubok: http://www.bubok.com/libros/170590/Pequenos-Golpes . O descargar. O las dos cosas.

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